jueves, 25 de junio de 2009

El ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde


A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.


-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.


E inclinándose, la cogió.


Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.


La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.


-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.


Pero la joven frunció las cejas.


-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.


-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.


Y tiró la rosa al arroyo.


Un pesado carro la aplastó.


-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante.

¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.


Y levantándose de su silla, se metió en su casa.


"¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica."Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.


FIN