viernes, 10 de diciembre de 2010

Discurso de Aceptación del Nobel por Mario Vargas Llosa

© FUNDACIÓN NOBEL 2010
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Discurso Nobel


7 diciembre de 2010
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Gracias Mario Vargas LLosa por ser luz cálida de palabras eternas...
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

Noche de paz


¡ Noche de paz,
noche de amor!
Ha nacido el niño Dios
en un humilde portal de Belén
sueña un futuro de amor y de fe
viene a traernos la paz:
viene a traernos la paz:
Desde el portal llega tu luz
y nos reune en torno a ti
ante una mesa de limpio mantel
o en el pesebre María y José
en esta noche de paz:
en esta noche de paz:

jueves, 9 de diciembre de 2010

OH, BLANCA NAVIDAD


Oh, blanca Navidad, sueño
y con la nieve alrededor
blanca es mi quimera
y es mensajera de paz
y de puro amor
Oh, blanca Navidad, nieve
una esperanza y un cantar
recordar tu infancia podrás
al llegar la blanca navidad

El monasterio de Santo Domingo de Silos comparte exposición de manera simultánea con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Ésta es la primera vez que el monasterio de Santo Domingo de Silos comparte exposición de manera simultánea con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Como «sucursal» del centro madrileño, la abadía benedictina presenta la obra figurativa de Miroslaw Balka, considerado uno de los mejores artistas europeos de este momento. En Madrid, en cambio, puede verse su obra más abstracta. En ambos casos Balka hace uso de una fuerte carga simbólica para hablar de «ese lugar oculto, ese lugar que escondemos y en el que el espectador sale a la luz». Las muestras, que hacen referencia a temas religiosos y políticos así como a la memoria personal y colectiva, se presentan bajo el título de ctrl, la abreviación de ‘control’.
«Su obra tiene que ver con su propio pasado. Es un artista polaco, un país con una historia compleja donde la religión ha tenido gran importancia a todos los niveles», apunta como preámbulo el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel.
Desde esa perspectiva, Balka muestra en la abadía una instalación presidida por la escultura de un Papa negro que se acompaña de la oveja descarriada. El pontífice responde a la profecía de Nostradamus que mencionaba con él la llegada del apocalipsis. «Es un Papa que tiene dos lágrimas blancas que salen de los ojos como lanzas. Es un Papa que llora apenado por la llegada de este terrible momento que ni siquiera él puede remediar», explica Borja-Villel.
A la escultura, situada al fondo de la sala, se accede a través de una puerta en forma de armario que posee un espejo, y de cuyo significado simbólico da cuenta el director del Reina Sofía: «De algún modo lo que Balka ha querido mostrar es cómo todos estos elementos que forman parte de nuestro inconsciente tienen una relación con el mundo real. De la estancia se sale a través de ese armario, similar al de Alicia en el país de las maravillas o al de Anna Frank, en el que el espectador se refleja, pero solo en un momento, junto al Papa negro. Es el armario que demuestra que hay un mundo interior y un mundo exterior, el mundo de Balka y el de la abadía».

20 aniversario

El tercer elemento de la instalación es una palanca que hace de pomo de la puerta y que le da un aire teatral a la pieza. Esa misma simbología que muestra en Silos la utiliza en el edificio Sabatini del Reina Sofía. La exposición de Balka cierra los actos del veinte aniversario del centro madrileño, que ha querido celebrarlo con la experiencia que, en colaboración con la Cámara de Comercio y la abadía, comparte con Silos desde hace doce años.
El presidente de la Cámara, Antonio Méndez Pozo, destacó precisamente la importancia de esta «experiencia conjunta que lleva Silos a Madrid», y manifestó su deseo de que se repita en próximas ediciones. La muestra ha contado en este caso con el patrocinio de la Fundación Endesa.    

    martes, 7 de diciembre de 2010

    Adeste, fideles, laeti, triumphantes,
    Venite, venite in Bethlehem:
    Natum videte Regem Angelorum:
    Venite adoremus, venite adoremus
    Venite adoremus Dominum.
    En grege relicto, humiles ad cunas,
    vocatis pastores approperant.
    Et nos ovanti gradu festinemus.
    Venite adoremus, venite adoremus
    Venite adoremus Dominum.
    Aeterni Parentis splendorem aeternum,
    Velatum sub carne videbimus
    Delum Infantem, pannis involutum.
    Venite adoremus, venite adoremus
    Venite adoremus Dominum.
    Pro nobis egenum et foeno cubamtem,
    Piis foveamus amplexibus:
    Sic nos amantem quis nos redamaret?
    Venite adoremus, venite adoremus
    Venite adoremus Dominum.

    TRADUCCIÓN AL CASTELLANO:
    Acudid, fieles, alegres, triunfantes / venid, venid a Belén / ved al nacido Rey de los ángeles
    Venid adoremos / venid adoremos al Señor.
    He aquí que dejado el rebaño, los pastores llamados se acercan a la humilde cuna / y nosotros nos apresuramos con paso alegre.
    El esplendor eterno del Padre Eterno / lo veremos oculto bajo la carne / Al Dios Niño envuelto en pañales
    Por nosotros pobre y acostado en la paja / démosle calor con nuestros cariñosos abrazos / A quien así nos ama ¿quién no le amará?

    lunes, 6 de diciembre de 2010

    Compota navideña

    Compota navideña


    Ingredientes y preparación

    • 6 Manzanas reinetas
    • 3 Peras de invierno
    • 150 gr.de ciruelas pasas
    • 150 gr.de orejones
    • 100 gramos de sultanas
    • 1 l.de vino tinto de Rioja
    • 200 gr.de azúcar
    • 1 canela
    • 1 Limón
    Pelar las manzanas y cortarlas en seis trozos cada una, ponerlas en un bol con agua fría y un poco de limón.

    Pelar las peras, cortarlas en 5 trozos y ponerlas también en agua con limón.

    Lavar los orejones.

    Poner 1 L.de agua, el vino, el azúcar y la canela a hervir (cocer siempre con la tapa puesta), añadir los orejones y dejar hervir durante 10 minutos.

    A continuación las ciruelas pasas, dejar hervir otros 5 minutos. Luego las peras y las sultanas, hervir 5 minutos más. Y por último añadir las manzanas, dejando que hierva todo junto durante 10 minutos.

    Si quedase muy caldoso retirar la fruta y reducir solamente el caldo, cuanto más se reduzca más dulce quedará, reponer la fruta y dar un hervor.

    Servir templada.

    viernes, 3 de diciembre de 2010

    jueves, 2 de diciembre de 2010

    Pasen, miren, huelan, toquen

    La propuesta expositiva de La Casa Encendida hasta el próximo 16 de enero se presenta como "la primera muestra en España de arte efímero". Una cita en la que 14 artistas internacionales presentan trabajos específicos para este espacio (aunque no todos) y tienen en común la idea de no permanencia. Instalaciones, vídeos y performance que cambian a cada minuto y nunca se muestran iguales. Trabajos que requieren en muchos casos de los cinco sentidos para ser asimilados. Los llamados a esta aventura son Michel Blazy, Céleste Boursier-Mougenot, Martin Creed, Eloise Fornieles, Anya Gallaccio, Andy Goldsworthy, Kitty Kraus, Claire Morgan, Tino Sehgal, Chiharu Shiota, Roman Signer, Steiner and Lenzlinger y Gregorio Zanon. La propuesta tiene una veta de espectáculo y a la vez una voluntad de hacer pensar hasta dónde llega el arte, o hasta dónde podría llegar. ¿Qué es más intenso, lo que permanece o lo que se esfuma? Pasen, miren, huelan, toquen

    Elementos indispensables de una novela: Decálogo Volpi

    El narrador mexicano Jorge Volpi se ha estrenado  como profesor del ciber-taller de literatura desde la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Tenía claro que su clase sólo podría resultar útil si no era normativa, si no intentaba imponer una sola manera de escribir. "Hay cuestiones técnicas que se pueden aprender, pero lo esencial es la libertad artística consciente de cada uno", ha dicho. Este sería su decálogo:
    1. El novelista se ha centrado en la estructura de una novela, aunque considera que "un poema, un cuento, un libro de cuentos, un ensayo o un libro de ensayos también la necesitan".
    2. Se declara fan del uso de la tercera persona: "El narrador omnisciente, que todo lo sabe, ha pasado de moda. Da una imagen de dogmatismo que resulta incómoda en nuestros días". Aunque confiesa que casi todos los libros que ha escrito están en primera persona. Probablemente porque su uso tiene truco: "Es siempre testimonial, y el lector tiende a creerle siempre a un narrador en primera persona".
    3. En su opinión resulta fundamental desde el principio "decidir quién o quiénes van a contar la historia, cuándo, desde dónde, por qué".
    4. Seguidamente hay que encontrar el tono "que, como en la música, resulta tan difícil de definir o aprehender". "Cuando funciona está relacionado con la historia misma, pero que le otorga esa condición que la vuelve distinta a cualquier otra".
    5. Para escribir desde el punto de vista de varios personajes Volpi está abierto a toda posibilidad: "Desde nombrar cada voz, como Faulkner en Mientras agonizo, hasta entremezclarlas en el cuerpo de la narración. Cualquier solución es válida, si funciona y resulta verosímil".
    6. A sus ciber-alumnos Volpi ha sugerido que depuren sus textos: "Corregir, para mí, es siempre eliminar. Depurar una novela de lo que le sobre. Klingsor tenía 800 páginas y Nos será la tierra 900, ambas quedaron al final en 450".
    7. Está convencido de que una estructura demasiado elaborada -"la mera pirotecnia estructural"- puede convertirse en una maraña indescifrable: "Lo he llegado a sentir, sí, en alguna ocasión. Adoro armar estructuras pero, ya lo he dicho, lo importante es permitir luego que historias y personajes vivan en ellas. Sólo debe ser enrevesada o sorprendente si así lo exige la historia, si era la única manera en que la historia podía ser contada".
    8. Pide parar cuando uno se bloquea en la escritura. "Uno puede optar por el descanso y la lectura, o bien por intentar escribir disciplinadamente todos los días hasta que algo valga la pena en realidad". Por suerte, asegura no haberlo sufrido pero sí ha descubierto "después de 100 o 200 páginas que un libro no sirve y tener que desecharlo".
    9. Si es una ópera prima Volpi recomienda "tomar muchas notas previas; perfilar a los personajes, si es posible con sus vidas completas; hacer un dibujo de la estructura del libro; intentar, incluso, un breve resumen por capítulos".
    10. No hay que desesperarse, encontrar la fórmula adecuada "sólo se descubre poco a poco, después de escribir cientos o incluso miles de páginas".
    El jueves Volpi retomará el taller hoy jueves de las 16 a las 18 horas.

    miércoles, 1 de diciembre de 2010

    Sólo de ti depende

    El médico te informó el resultado final de los estudios y te dio el diagnóstico. Todo lo que temiste se ha confirmado.
    Te sacaron sangre, y la analizaron. Dio positivo, el médico te explicó que a veces por diferentes causas hay "falsos positivos", por eso volvieron a hacer otra prueba. Esta vez el resultado fue el mismo. Entonces hicieron un tercer examen, con otro tipo de estudio que dio la confirmación definitiva.
    Ahora por tu mente pasan muchas cosas, se confunden ansiedades, inquietudes, angustia, miedos y un sin fin de preguntas y sensaciones que tal vez jamás experimentaste.
    Y ahora ¿qué?
    ¿Tengo SIDA?
    Esa es la primera de las preguntas que nos hemos hecho. Por eso te explicamos que es VIH y que es SIDA. 
     
    ¿Qué es el VIH?
    Esta sigla significa: Virus de Inmunodeficiencia Humana. Es común oír hablar del HIV, que es la sigla en inglés de esta enfermedad, nosotros tratamos de usar la que corresponde a nuestra lengua (se refiere a lo mismo).
    Normalmente, en un período de ocho a doce semanas (en algunos casos puede pasar algo más de tiempo) después de la exposición y contagio del virus el cuerpo comienza a crear anticuerpos, es decir, trata de defenderse y rechazar a este agresor. A esto se llama período de seroconversión.
    De seronegativa la persona se convierte en seropositiva al VIH. Al espacio de tiempo entre el contagio y las positividad de las reacciones del cuerpo se lo conoce como el período de "ventana".
    Una persona recibe el diagnóstico del VIH positivo cuando se le detectan anticuerpos al VIH mediante varias pruebas de laboratorio, que se repiten para confirmar el diagnóstico.
    Esto ya lo conoces, pues de seguro te hicieron por lo menos dos pruebas, por el método de Elisa, y un estudio llamado Western Blot.
     
    ¿Qué pasa cuando sos VIH positivo?
    Desde el principio la actividad del virus es intensa y comienza a multiplicarse, este proceso se conoce como replicación.
    Y a medida que se replica, el VIH ataca sobre todo a los linfocitos T4 (una de las células que representan un papel importante en el sistema de defensas), aunque también puede atacar otros tipos de células. Poco a poco, y progresivamente, va incapacitando el sistema de defensas hasta que nos deja expuestos a muchas enfermedades. Normalmente, el sistema inmunológico o de defensa las rechazaría, pero al no tener los elementos o fuerzas suficientes estas enfermedades e infecciones pueden llegar a dañar seriamente el organismo y llevarnos a la muerte.
    Como mencionamos el avance es progresivo así que, durante un tiempo que puede prolongarse por años, el VIH sigue actuando sin que la persona se sienta afectada, note algún síntoma serio o se enferme de algún mal serio. Durante este tiempo aparentemente está físicamente sana, o lo que se conoce como asintomática.
    El período puede alargarse en la medida en que el diagnóstico y el tratamiento médico se realicen de manera precoz. Y por supuesto depende del buen cuidado que la persona ejerza con su salud física y mental.
    También hay factores como la fortaleza del cuerpo, predisposición, conductas alimenticias, de ejercicio. Se conocen casos de personas que están infectadas desde hace unos 15 años y aún son asintomáticas.
     
    ¿Qué es el SIDA?
    Esta sigla significa: Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida (AIDS en inglés). Cuando la infección por el VIH ha debilitado tanto el sistema de defensas y la resistencia del organismo (esto se conoce como inmunodepresión), la persona suele tener complicación tras complicación.
    Al aparecer síntomas clínicos y enfermedades oportunistas (son oportunistas porque se aprovechan de que las defensas están bajas para atacar) la persona comienza a estar enferma de SIDA.
    Las enfermedades más comunes son CMV, Sarcoma de Kaposi, el síndrome del desgaste (adelgazamiento sin motivo), linfopatías, hepatitis, etc. Sumando el efecto de estas enfermedades al desgaste ya producido por la lucha del cuerpo contra la infección que tal vez lleve años se llega un deterioro tal que trae consigo a la muerte.
    Esto, como ya mencionamos en línea general, es progresivo, a veces lento, pero inexorable.
    En los casos en que la enfermedad SIDA ya está declarada el control es algo más dificultoso, aunque ahora y en algunos casos la nueva medicación está dando resultados favorables.
     
    Y ahora ¿qué?
    Al recibir el diagnóstico la gran mayoría sientems que el "mundo se nos vino abajo", y que todo se había terminado. Fue en ese momento cuando afloraron sentimientos y emociones negativas imposibles de ser descritas y que solo quienes enfrentaron esa situación saben cómo son.
    En esos momentos se hizo muy difícil pensar con claridad. Algunos dicen que se sintieron "aturdidos", o sintieron "como que la mente se quedó en blanco", que "fue como recibir una cachetada", o que pensaron "Dios mío, que va a ser de mis hijas...". Es muy posible que los días vayan pasando y te sigas sintiendo igual. Pero el que hables con especialistas, con otras personas VIH+ y considerar este material puede resultarte útil.
    Después del primer momento, en algunos casos de sorpresa, en otros de incredulidad, en que se unen la desconfianza a que el diagnóstico sea correcto con la "seguridad" de una muerte inmediata, muchos dijeron: "Bueno, y ahora ¿qué hago?".
    Sabemos que de seguro:
    Pasarán muchas cosas negativas por tu mente.
    Los primeros días serán los más difíciles de sobrellevar. Te parecerán "oscuros y eternos".
    Hay veces en que te será difícil dejar de pensar en esto, sentirás que dentro de tu cabeza las "cosas andan a mil" («cuando me recuesto un rato para descansar, y me quedo mirando el techo, no puedo dejar de pensar»).
    Va a ser difícil dejar de pensar en la muerte.
    Pero poco a poco, a medida que vayas informándote y conozcas a otros seropositivos, comprenderás que las cosas mejorarán.
    Te sugerimos que:
    Aceptes que tener miedo es natural.
    Aceptes que estás viviendo una situación difícil.
    Aceptes que el saber el diagnóstico te hace sentir mal.
    No trates de cambiar todas las cosas en tu vida, con eso sólo vas a conseguir nuevas preocupaciones.
    Comprendé que:
    Vas a tener que hacer algunos cambios en tu vida, pero es mejor hacerlo cuando tengas un panorama claro y solo cuando tengas la seguridad de poder razonar y pensar claramente. Esto te lo brindará la buena información y la guía y ayuda que otros afectados y especialistas en la salud te puedan brindar.
    Necesitás aprender sobre la infección por VIH y sobre la vida de otras personas VIH+. Intentamos ayudarte, podemos hacerlo porque estamos a tu lado.
    Es fundamental que pongas todo tu esfuerzo, tanto en el cuidado de tu salud física, como la forma de enfrentar mentalmente la seropositividad al VIH. Nosotros ya pasamos por esto, aprendimos y crecimos, teniendo en cuenta estas cosas.
    Estos factores básicos y elementales garantizan que tu vida tenga un sentido positivo.
     
    ¿Qué reacciones emocionales tendré que enfrentar y superar?
    Tendrás que saber identificar las diferentes reacciones emocionales y aprender a controlarlas. Así te sentirás mejor. A continuación veremos las más comunes que hemos sobrellevado y por eso te daremos sugerencias útiles para que puedas tolerar esos momentos y superarlos.
    La negación
    La depresión y el pesar
    El duelo
    La sensación de falta de control
    La ansiedad, el miedo a la discriminación
    La necesidad de apartarse de otros y aislarse
    El mal humor y la irritación
    El sentimiento de culpa
    Los problemas con la actitud ante la actividad sexual
    La negación
    Muchos simplemente hemos rechazado nuestra situación actual y lo expresamos de distintas formas.
    A lo mejor sientes algún tipo de alivio si rechazás pensamientos, sentimientos y preocupaciones sobre esta nueva situación en tu vida. Quizás tu intención sea "borrar" de tu mente todo pensamiento referente a la enfermedad. Algunos hasta han sido convencidos por teorías de que el virus no existe y cosas así.
    Aprenderas con el tiempo, que hacer eso impide que encuentres un futuro enriquecido. Que negar la realidad solo te perjudica, porque no aceptarla no te va a curar.
    Es probable que no quieras creer que esto es cierto. Pensarás o que "alguien se equivocó" o "los análisis se traspapelaron y el resultado es de otra persona", o "que esto no puede ser cierto", o que algún día alguien te va a llamar diciendo "mire, hubo un lamentable error...".
    Otros han pensado: "Esto no puede estar pasándome a mí" o "pero si yo me cuidé siempre", o "yo no entiendo, me descuidé con una chica una sola vez y mirá lo que me pasó, y Cacho se droga tanto que a veces ni sabe donde está parado y no tiene nada", o "pero si yo me siento bien, no me duele nada, no tengo los ganglios inflamados, y mirá hasta las heridas se me cicatrizan bien" o "a mi edad, tengo 62, esto no puede ser".
    Lo cierto es que todos buscamos explicaciones del "por qué" me pasó esto.
    Lo que podemos sugerirte:
    ·               Buscá informarte sobre el VIH y sobre la vida de otras personas VIH+.
    ·               Aceptá tu nueva situación. Ya no hay nada que puedas hacer por cambiar el pasado. Y mucho por hacer para enfrentar la enfermedad.
    ·               Aceptá el diagnóstico y aprendé a enfrentar la situación. Esto hará más llevadera tu situación. Te va a permitir luchar por nuevas metas en tu vida. Recordá que otra actitud solo te daña a vos mismo y a muchas veces a los que te rodean.

    La ansiedad, el miedo a la discriminación negativa
    A algunos les genera gran ansiedad el que exista la posibilidad que alguien nos "mire raro", nos "descubra" o nos rechace. También el qué dirán.
    Es normal que temamos sentirnos rechazados y sentirnos segregados del resto de la sociedad. que temamos sentirnos rechazados y sentirnos segregados del resto de la sociedad.
    Es de esperar que sientas:
    * Algo de pánico.
    * Una ansiedad insoportable.
    * Una tensión insoportable, que no te deja pensar.
    * Que ya no hay más futuro.
    * Que has perdido la esperanza.
    * Miedo al rechazo.
    * Miedo a que te abandonen.
    * Miedo a quedarte solo o sola.
    Algunas reflexiones:
    Aceptá que estás padeciendo una infección, tenés un virus que puede enfermarte.
    Aceptá que en algunas cosas tu vida puede limitarse, pero que vale la pena vivirla.
    Aceptá que todos vamos a morir, ser VIH positivo es saberlo de otra manera y que por primera vez te enfrentás a la idea de tu propia muerte.
    Reconocé que aún tenés muchas cosas por hacer. La vida sigue y todavía hay mucho por delante.
    Identifica que es lo que te provoca más ansiedad y tratá de resolverlo, no huyas de esta situación.
    Conversa con otros que conozcan del tema o padezcan de lo mismo. Así vas a ver que tus preocupaciones pueden desaparecer con algo de esfuerzo.
    No permitas que los prejuicios sobre la enfermedad te dominen o afecten.
    No te evadas.
    Piensa en asistir a sesiones de grupos de ayuda ofrecidas por especialistas.
    Aprendé alguna técnica de relajación o autocontrol.
    El mal humor y la irritación
    Como no esperabas estar enfermo, al recibir el diagnóstico y al evaluar lo que éste significa para con tu futuro y toda tu vida, puede que te pongas de mal humor. Contra vos mismo y contra los demás.
    Puede que te pongas molesto, agresivo, irritable, ignores recomendaciones médicas y hagas cosas no habituales, irritando, molestando y hasta dañando a otros. A veces a los que más te quieren.
    Lo que podemos sugerirte:
    Aprendé a pensar en esto solo lo necesario.
    Buscá cambiar tus sentimientos y sensaciones negativas en acciones constructivas para vos o para con los que te rodean.
    Conversá con otras personas. Los grupos de ayuda son eficaces para esto.
    Buscá hablar con alguien que te quiera y esté dispuesto a escucharte, expresá todo lo que sentís. Hablá sobre todos tus sentimientos, tu angustia y pesar, si no lo hacés abiertamente podés llegar a la depresión.
    Canalizá tu violencia. Hacé acciones que te "descarguen" y que no resulten dañinas o perjudiciales para vos o para alguien (tirar piedras al agua, gritar en un lugar privado, o lo que se te ocurra y que sirva).
    Evitá acumular el mal humor o la irritación. No esperes a «no dar mas» para buscar la ayuda.
    Los demás no tienen la culpa de lo que te pasa. Tal vez ni vos mismo la tengas. Pero nadie gana nada con una actitud irritable de tu parte.

    El sentimiento de culpa
    Es cierto que de vez en cuando es bueno y necesario reflexionar con lo que hemos hecho en nuestra vida, y a que hemos llegado o a que nos ha llevado. Pero debemos aprender a manejar las reacciones ante el diagnóstico.
    Es probable que al saber de qué estás enfermo empieces a enjuiciar lo que has hecho con tu vida. Dependiendo del origen del contagio comienzan los reproches propios.
    Aparecen los "por que habré..." y los "si yo hubiera...". Pero en la gran mayoría de los casos es analizando principalmente tu vida sexual hasta el momento. Por cultura social, formación religiosa y el "que dirán" tanto la infidelidad, la inestabilidad o descontrol en lo sexual y la homosexualidad son asuntos que muchas veces se manejan a escondidas.
    Y aunque lo hiciste porque querías, puede que ahora vos mismo las juzgues como conductas reprobables, que hacen que te sientas culpable, que tengas vergüenza y tal vez disminuido ante vos mismo y los demás. Saber que existe la posibilidad de ser incluido en uno de "estos grupos" por la opinión de otros, y el pensar que podés estar causando un daño irreparable a tus seres queridos, pueden ser fuentes del sentimiento o sensación de culpa.
    Lo que podemos sugerirte:
    Analizá tu vida y reorganizá algunas cosas.
    El sentimiento de culpa no controlado puede llegar a ser autodestructivo y solo sirve para limitarte.
    Entendé que no se trata de abandonarlo todo, sino de ajustarse a una nueva realidad.
    ¿Habré contagiado a alguien? También puede que te sientas culpable por la posibilidad de haber infectado a alguien antes de saber que eras VIH positivo.
    La posibilidad de haber infectado a alguien antes de conocer el diagnóstico no debe ser fuente de culpa, angustia y dolor. No lo hiciste a propósito.
    Te va a ayudar informarle a tus parejas sexuales por lo que estás pasando y darles la oportunidad de que se hagan las pruebas. Si es que se han contagiado, el tener un diagnóstico precoz les posibilitará una atención apropiada a tiempo.
    No te juzgues duramente por tus conductas pasadas. Preocupáte más por juzgar la importancia que tiene tu vida y tu actitud hacia ella de ahora en adelante. Lo hecho, hecho está y nada se puede cambiar.
     

    La sensación de falta de control
    Es muy probable que sientas que todo se escapó de tus manos. Que creas que ya no podés hacer nada. Puede que sientas una total falta de control por tu situación.
    Lo que puedes hacer:
    Aprendé a convivir con el VIH, cuando lo hagas vas a ver que quién se lo propone logra mantener un papel activo en la vida.
    Aceptá que haya cosas que no podés controlar es positivo.
    Reconocé que si se quiere, existen soluciones para los problemas.
    Reconocé que de tu voluntad dependerá el poder vivir una vida mejor y con satisfacciones.
    Reconocé que tenés el poder de decidir si tu vida va a ser una espera de la muerte o si va a ser vida.
    Conocé la vida de otros que son VIH+. Te será útil, verás que muchos llevan una vida normal y desde hace muchos años.

    La necesidad de apartarte de otros o aislarte
    Debido a que la infección VIH y el SIDA siguen siendo enfermedades de estigmas y prejuicios, "mal vistas", y mal valoradas por muchos, apartarse de la gente es una reacción frecuente, diríamos casi normal.
    Puede que busques aislarte porque:
    Creés en algunos de los prejuicios que existen alrededor del VIH y SIDA.
    Creés que podes contagiar "de alguna manera" a los que te rodean.
    Pensás que así les evitás preocupaciones a tus seres queridos.
    Inventás cualquier motivo para ello, porque «necesitas estar solo».
    Lo que podemos sugerirte:
    Si tenés miedo "a contagiar a los demás", informáte.
    Buscá ayuda de parte de los profesionales de la salud y psicólogos. Ellos te escucharán y ayudarán a terminar con esos temores.
    Confía en tus amigos y familiares.
    No guardes secretos para con los que te quieren. Esto solo puede aumentar tu dolor.
    Recuerda que las personas que realmente te quieren te aceptan tal y como eres.
    Si te aislas durante mucho tiempo de tus seres queridos solo vas a conseguir sentirte muy mal y harás que ellos también sufran a tu lado.
    Tomáte un tiempo. Con el tiempo vas a sentir la solidaridad de otros ante situaciones difíciles.
    Asiste a sesiones de grupos de ayuda y comparte tus inquietudes. Verás como otros sobrellevaron este problema.
    Vas a ver que el tiempo y lo que pase a partir de ahora te convencerán de lo falso de tu posición.

    La depresión y el pesar
    La depresión es uno de los males más extendidos de estas últimas décadas. En algunos casos muy serios lleva hasta al suicidio. La situación por la que estamos pasando a algunos nos ha hecho creer que "tenemos el derecho de estar deprimidos".
    Es natural sentir pesar por el futuro que tenemos que enfrentar, a la lucha diaria se agregó esta lucha contra la enfermedad.
    La depresión y el pesar pueden llevarte a que:
    Pierdas el sueño.
    Pierdas el apetito.
    Pierdas la autoestima.
    Pierdas y el placer en las actividades cotidianas.
    Niegues el diagnóstico y abandones tu cuidado o tratamiento.
    Sientas la necesidad incontrolable de llorar todo el tiempo.
    Sientas que perdiste tu poder de disfrutar de la vida.
    Te sientas de mal humor.
    Te sientas muy triste, con gran pesar y angustia "allí muy adentro".

    El duelo
    Es casi normal que imaginemos que nos vamos a morir dentro de poco. Muchos de nosotros nos hemos "visto" muertos inmediatamente después de recibir el diagnóstico.
    El duelo puede llevarte a que:
    Llegues a demostrar conductas de despedida o duelo.
    Des la impresión de que te "estás despidiendo de todos". "Dejes" o "repartas" tus cosas a los demás.
    Hables mas de lo debido de "cuando no esté", "cuando me muera" o "cuando me haya ido".
    Los pensamientos alrededor de la muerte sean suicidas.
    Es cierto, nos enfrentamos mas de cerca con la muerte, pero prestarle más atención de la debida durante mucho tiempo imposibilita o afecta tu "habilidad para funcionar". Bajo ninguna circunstancia te lo permitas.
    Lo que podemos sugerirte:
    Aceptá que tu enfermedad es biológicamente crónica. Pero no hagas crónica tu depresión, eso solo sirve para que te dañes sin necesidad.
    Aceptá que tu enfermedad puede llevarte a la muerte, pero si te esforzás y te cuidás podés enfrentar la situación y vencerla.
    Aprendé a "dejar salir tus emociones".
    Asiste a reuniones de grupos de ayuda. Casi todos hemos tenido que luchar contra estas sensaciones y sentimientos. De seguro recibirás ayuda.
    Evita el abuso del alcohol. Sólo te deprime más y te daña físicamente.
    Evita sentirte lástima, o al menos más de la necesaria.
    Llorá todo lo que necesites. Llorar es una vía natural para canalizar la tristeza profunda.
    No te menoscabes, ni invalides como ser humano, ni dejes que otros lo hagan.
    Pensá en hacer cosas positivas. Dedicáte a actividades que te estimulen.
    Tené en cuenta que:
    Esta en ti sentirte bien.
    Esta en ti tener la debida y necesaria autoestima.
    Esta en ti mismo el hacer tu vida mejor ajustándote a tu situación actual.
    Esta en ti aceptar y asumir tu nueva situación y plantearte metas posibles.

    Problemas con la actitud ante la actividad sexual
    Por miedo, algunos han llegado a abstenese de hacer el amor ya sea por un corto o largo tiempo. Es cierto, para cuidar nuestra salud y proteger la de la pareja definitivamente tenemos que hacer cambios en la vida sexual.
    Las tensiones a las que nos enfrentamos, la ansiedad, la depresión, el aislamiento y la negación pueden afectar el deseo y nuestro desempeño sexual.
    ¿Que es sexo seguro? Es la forma de mantener relaciones sexuales sin poner en riesgo la salud de otros, disminuyendo la posibilidad de que podamos reinfectarnos, reinfectar, transmitir el VIH y/o contraer otras enfermedades de transmisión sexual (sífilis, gonorrea, blenorragia) u otras como las hepatitis.
    Si ambos miembros de la pareja son VIH positivos el tener actividad sexual sin protección los expone a volver a infectarse (reinfección), lo que facilita el progreso de la enfermedad y complica seriamente el avance positivo del tratamiento.
    Por eso es importante tener relaciones sexuales siempre usando preservativos. Algunos de nosotros para "estar más seguros" y poder vencer la barrera del temor de contagiar al otro utilizamos dos preservativos (se evita el riesgo de la ruptura) o con algún tipo de espermicida recomendado. Ahora hay preservativos femeninos, así que se pueden complementar ambos elementos para más seguridad.
    A algunos  el practicar sexo seguro  ha sido difícil al inicio, pero con el tiempo ha llegado a proporcionar placer. Todo es cuestión de aprender y aceptar la nueva situación.
    Si hasta el momento no practicaste sexo seguro, sin lugar a dudas vas a notar cambios en tus sensaciones sexuales. Pero por ti y tu pareja esto es estrictamente necesario.
    Lo que podemos decirte:
    Leé y orientáte sobre sexo y sexualidad.
    Explora y disfruta otras formas de expresar tu sexualidad.
    El SIDA ha cambiado el comportamiento sexual de muchas personas. No eres el único.
    El sexo seguro ofrece alternativas que quizá hasta ahora no habías explorado y apreciado.
    No sientas pesar por la pérdida de prácticas sexuales pasadas.
    Es lógico sentirte triste por prácticas sexuales que disfrutabas y que decidiste dejar de hacer. Pero que esto no rija tu vida y sensaciones.
    Si tomás todas las precauciones, puedes gozar de una actividad sexual plena y sin miedo.
    El mundo entero se enfrenta a la misma situación: tenemos un virus que se transmite fundamentalmente por relaciones sexuales. Practicar sexo más seguro es la vía para protegerte y proteger a otros, y la forma de expresar tu sexualidad de una forma responsable. Como ya dijimos ser seropositivo no significa terminar con nuestra vida sexual, solo tenemos que aprender y enseñar a nuestra pareja como relacionarnos sexualmente disminuyendo el riesgo de transmisión del VIH. Conocemos parejas formadas por un portador y una persona sana, que viven y comparten todo sin dificultades, por supuesto ejerciendo los cuidados que ya mencionamos.
    Es que los VIH+ siempre que tomen determinadas precauciones pueden convivir sin riesgos con los VIH negativos.
     

    ¿Lo digo o no lo digo? Ésa es la cuestión
    Por nuestra propia experiencia concordamos contigo es que si hay algo difícil de decidir es si vas a decirle a los demás o no lo que te está pasando. Puedes llegar a pensar que tus seres queridos van a asociar de inmediato el diagnóstico de VIH positivo a la muerte. AlE igual que tu, ellos sentirán que los prejuicios, estigmas y deshonor que trae el SIDA han alcanzado su medio ambiente.
    Por eso, puede que estés pensando seriamente lo que hay entre la necesidad de ser aceptado en esta nueva situación, recibir el apoyo y amor, y al mismo tiempo temer el dolor y el rechazo que puedas encontrar.
    Si tu decisión es decirlo, o cuando debas decirle a los que te quieren lo que te sucede, ten muy presente que el mismo proceso que viviste al enterarte, las dudas, los temores, miedo y dificultades, pueden ser las reacciones de las personas con quienes decidas conversar.
    Dale su tiempo a los demás.
    Las reacciones iniciales, ya sean de espanto y terror, o de minimizar el asunto son comunes. A veces te va a dar la impresión de que los demás te están sobreprotegiendo, que te tienen lástima (expresada abiertamente o no). Puedes lograr que, con el tiempo, las relaciones se vayan normalizando hasta volver a ser las de siempre.

     
    Comunicar el diagnóstico es importante
    Es tú deber informar a tu pareja y a tus relaciones anteriores, es tu responsabilidad, y porque de ello depende de que se realicen las pruebas y puedan recibir la atención requerida.
    Si vas a iniciar una nueva relación amorosa tienes que conversar no solo sobre el diagnóstico, sino también sobre las prácticas sexuales que preservarán la salud de ambos.
    No te podemos ofrecer ninguna fórmula que garantice que el momento de decir el diagnóstico a otros sea fácil. Tampoco encontramos ninguna fórmula que asegure que todos te ofrecerán y mantendrán la actitud que esperás.
    Algunas personas VIH+ han decidido no informar el diagnóstico. Le temen a ser enjuiciados y rechazados. Llegan a sentirse culpables o avergonzados de su condición.
    Otros informamos el diagnóstico a los demás. Si bien es cierto que a veces hemos pedido ayuda a algún especialista.
    En el grupo de ayuda hemos discutido más de una vez sobre las dos posiciones posibles: ¿decir o no decir?
    Llegamos a la conclusión que comunicar al diagnóstico, tiene más ventajas que desventajas, y que no decirlo ocasiona tensiones y miedo a ser "descubiertos", siendo el reflejo de un particular estado interior y de un estilo de enfrentamiento a la vida a veces poco saludable.
    Por supuesto estamos hablando de comunicar el diagnóstico a los que nos interesan, o que de alguna manera les corresponde saberlo (entorno familiar cercano, seres queridos en general, amigos, tu grupo, quienes conviven contigo).
    Decir el diagnóstico:
    Incorpora a otros en el tratamiento del problema.
    Te da la seguridad integra de decir: "éste (ésta) soy yo, estoy pasando por esto...", ante vos y ante los demás.
    Elimina la ansiedad que se produce cuando existen "zonas prohibidas".
    Elimina la ansiedad que se produce de cuando «lo descubrirán».
    Hace que compruebes que el rechazo es menor que el imaginado.
    Y que a veces se trata de un rechazo momentáneo, de alguien que necesita tiempo para "digerir" la noticia. Otras veces es el rechazo de personas eternamente temerosas e inseguras (muchos aun hoy en día, hasta tienen miedo de decir la palabra cáncer).
    Te da respeto a vos mismo. Obliga al respeto de otros.
    Rompe los mitos que existen sobre "incapacidades" y desfiguraciones físicas, mentales o morales de los seropositivos.
    Es un ejemplo para que los demás se protejan y protejan a otros.
    Consideramos que:
    Tienes derecho a la privacidad y a elegir el momento y la persona a quien decirle el diagnóstico.
    Tu vida privada es tuya. Tu decides a quién hacérsela conocer, teniendo en cuenta tu responsabilidad social.
    Tienes que estar preparado psicológicamente para hablar de diagnóstico. También es bueno tener información sobre VIH y SIDA. Puede que te hagan muchas preguntas.
    Tienes derecho a decir que más que consejo y compasión necesitas ser escuchado y tratado como siempre.
    Tienes que tener expectativas realistas. Las demás personas pueden necesitar tiempo.
    Puede que en alguna ocasión encuentres reacciones de rechazo que es abiertamente ofensivo, pues la gente puede estar prejuiciada o mal informada. Tú puedes llegar a ser un agente de cambio.
    Intentá evitar estar muy susceptible, sensible y pendiente de las reacciones de otros. A veces puedes equivocarte y malinterpretarlos.
    Tratá de prepararte para que algunos te miren como a un "marciano". A algunos les puede parecer "exótico" o "atractivo" conocer un seropositivo al VIH. Este fenómeno es consecuencia de todas las distorsiones que se asocian al SIDA y va desapareciendo en la medida en que se profundizan las relaciones con las personas y se difunde más información sobre la enfermedad.
    No tienes por qué sentirte culpable o responsable de las reacciones de los demás.
    Si piensss que tu nueva situación puede dañar a tus seres queridos, recuerda que el silencio o la evasión pueden ser aún más dañinos, y que en algún momento tendrás que enfrentar la realidad. Es peor que se enteren por otros o "de rebote".
    Lo que resulta importante son los valores y conductas hacia ti y hacia los demás.
    Vas a encontrar que algunos te dirán "sabía que estabas enfermo, creí que era algo terminal, al menos esto tiene tratamiento".

     
    Tratamientos
    Hoy en día existen tratamientos para evitar el avance o progresión de la enfermedad, aunque es cierto que hasta el momento solo nos pueden dar la expectativa de convertir esta enfermedad en algo crónico.
    Reciben este tratamiento, sobre la base de una combinación de drogas, todos los VIH+ que lo necesiten y así lo deseen. Por supuesto que bajo un estricto control y supervisión médicos. Cada caso es particular, por lo que los tratamientos pueden variar de una persona a otra (tipo de drogas o combinación de ellas y dosis diarias).
    Pero tenemos que tener en cuenta que los remedios no son todo. Podemos y debemos hacer mucho para mantenernos saludables.
    Algunos de los factores que posibilitan mantenerte físicamente san@:
    Atención médica precoz.
    Hacerte los chequeos y análisis de rutina.
    Cumplir al pié de la letra los tratamientos médicos.
    Evitar la reinfección por relaciones sexuales sin protección.
    Mantener un buen estado psicológico.
    Esforzarte por tener una alimentación apropiada.
    Esforzarte por tener el descanso apropiado.
    Ser cuidadoso para evitar exponerte a situaciones que puedan enfermarte (higiene, cuidados del cuerpo, no exponerte a situaciones que puedan llevar a enfermarte de gripe o algo más serio que se desencadene en neumonía, etc.)
    Es importante estar atentos a seguir al pie de la letra las indicaciones de cuando y como ingerir los medicamentos, en ello va en muchas ocasiones la efectividad del tratamiento. En ocasiones suele parecer difícil o complicado cumplir los horarios y dosis, siendo en algunos caso superior a 20 pastillas las ingeridas a diario. Algunos de estos medicamentos requieren atención a tiempos de ayuno previo y posterior o cuidados con los tipos de alimentos que se pueden ingerir.
    Como la situación de cada uno varía con relación a otros (enfermedades anteriores, estado y avance de la infección, estado del sistema inmunológico) verás que no todos reciben el mismo tratamiento. Es necesario que confíes en los médicos y sigas sus indicaciones. No tengas vergüenza en preguntar si no entiendes algo o el porqué de algo que te indiquen o digan. Tu vida va en ello.
    Tener apoyo psicológico por especialistas forma parte de nuestra atención porque nos ayuda a enfrentar situaciones que puedan deteriorar nuestra salud; la práctica de alguna técnica de relajación nos permite fortalecer nuestro sistema inmunológico. Se ha comprobado científicamente que los estados depresivos-ansiosos debilitan nuestras defensas.
    Hacer ejercicio físico también ayuda a nuestro sistema inmune.
    El tratamiento no solo depende de médicos y especialistas. Nuestra participación es decisiva. Somos los responsables de que no quede ningún cabo suelto.
    Tal vez llegue a tus manos información de revistas o diarios que utilizan cuantas informaciones y comentarios conocen para escribir artículos periodísticos que aseguran que se ha encontrado la cura al SIDA, sin que exista ninguna confirmación científica sobre el hecho. También existen personas que ofrecen curas milagrosas o sin comprobación médica. Vas a tener que aprender a discernir entre lo que puede ser cierto o no. Si tienes dudas consultá a tu médico.
    Tienes que aprender a ser cauteloso valorando la información de la prensa, que puede infundir falsas esperanzas para luego provocarte depresión. También tienes que cuidarte que de medicamentos sin control científico, curas ofrecidas con las mejores intenciones o no, pero sin validez, pues pudiera afectar tu salud. En estos casos es lo más importante siempre consultar con los especialistas en esta materia.
    Últimamente se ha oído hablar de "curación o negativización", en realidad con los nuevos tratamientos hay muchos afectados que han llegado a un nivel de infección mínimo, pero nadie a sido definitivamente curado. Todos ellos siguen medicándose, todos ellos pueden contagiar a otros si no toman las precauciones debidas.
    Hay grandes esperanzas, pero habrá que esperar. Mientras tanto tu parte en enfrentar tu problema es lo fundamental.
     
    Lo último...
    Sinceramente esperamos que este material te sea de mucha ayuda. Ese fue el objetivo del tiempo, esfuerzo y dinero invertidos en esta obra. Si creés que puede servirle a otros: compartilo.
    Sólo de ti depende... Gracias por hacernos llegar esta buen material que nunca esta demás para concienciarnos . Algunas de las fases y del problema de decir que tines una enfermedad, mas cuando esta es larga o da miedo su nombre es igual cuando te dan un terrible diagnóstico,muchos de los ... desaparecen pero los de verdad siempre estan a tu lado.   Amicus

    "Detener el SIDA. Mantener la promesa".