«¿Ja, ja!», reía el sobrino de Scrooge. «¿Ja, ja, ja!»
Si por una improbable casualidad el lector conociera a un hombre con una risa más feliz que la del sobrino de Scrooge, todo lo que puedo decir es que también a mí me gusta ría conocerle. Preséntemelo y yo cultivaré su amistad. Es una ley de la compensación justa, equitativa y saludable, que así como hay contagio en la enfermedad y las penas, nada en el mundo resulta más contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el sobrino de Scrooge se reía sujetándose los costados, girando la cabeza y arrugando el rostro con las más extravagantes contorsiones, la sobrina de Scrooge -por matrimonio- reía con tantas ganas como él. Y el grupo de sus amigos no se quedaba atrás y todos se desternillaban
.
«¿Ja, ja! ¿Ja, ja, ja, ja!» «¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!», exclamó el sobrino de Scrooge. «¡Y además se lo creía!»
«Más vergüenza le debería dar, Fred!, dijo indignada la sobrina de Scrooge. Esas benditas mujeres nunca hacen nada a medias. Se lo toman todo muy en serio. Era muy atractiva, sumamente atractiva. Tenía un rostro encantador, con hoyuelos en las mejillas y expresión de sorpresa; una boquita roja y suave que parecía estar hecha para ser besada -lo era, sin duda-; todo tipo de pequitas junto a su barbilla, que se mezclaban unas con otras al reírse; y el par de ojos más luminoso que se haya visto. Al mismo tiempo, era del tipo que se podría describir como provocativa, ya me entienden, pero de una manera adecuada. ¡Ah, sí, perfectamente adecuada!
«Es un viejo tipo cómico», dijo el sobrino de Scrooge, «es la verdad; y no tan agradable como podría ser. Sin embargo, en su pecado lleva la propia penitencia, y no quiero decir nada contra él».
«Estoy segura de que es muy rico, Fred», apuntó la sobrina. «Al menos eso es lo que siempre me has dicho».
«¡Y eso que importa, querida!», dijo el sobrino. «La riqueza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno. No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satisfacción de pensar. Ja, ja, ja, que algún día nosotros la disfrutaremos».
«Acaba con mi paciencia», observó la sobrina de Scrooge. Las hermanas de la sobrina y todas las demás señoras expresaron igual opinión.
«Yo sí tengo paciencia», dijo el sobrino. «Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus manías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no querer venir a cenar con nosotros. ¿Cuál es la consecuencia? No tiene mucho que perder con una cena. »
«Yo pienso que se pierde una cena muy buena», interrumpió la sobrina. Todos asistieron, y eran jueces competentes puesto que acababan de cenar y, con el postre sobre la mesa, estaban apiñados junto al fuego, a la luz de la lámpara.
«¡Bueno! Me alegra mucho escucharos», dijo el sobrino de Scrooge, «porque no tengo mucha fe en estas jóvenes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper? »
Estaba claro que Topper le había echado el ojo a una de las hermanas de la sobrina, pues respondió que un soltero no era más que un pobre proscrito sin derecho a expresar una opinión sobre la materia. Ante lo cual la hermana de la sobrina -la rellenita con la pañoleta de encaje, no la de las rosas - se ruborizó.
«Vamos, Fred, continúa», dijo la sobrina de Scrooge palmoteando. «¡Nunca termina lo que empieza a contar! ¡Qué hombre más absurdo!»
Al sobrino de Scrooge le dio otro ataque de risa y como era imposible evitar el contagio, aunque la hermana rellenita lo intentó de veras con vinagre aromático, su ejemplo fue seguido por unanimidad.
«Iba a decir », dijo el sobrino de Scrooge, «que la consecuencia de su displicencia hacia nosotros, y el no querer celebrar nada con nosotros es, pienso yo, que se pierde buenos ratos que no le harían ningún daño. Estoy seguro de que se pierde compañías más agradables que las que pueda encontrar en sus pensamientos, metido en esa oficina enmohecida o en su polvorienta vivienda. Todos los años quiero darle la oportunidad, tanto se le gusta como si no, porque me da lástima. Puede que reniegue de la Navidad hasta que se muera, pero siempre tendrá mejor opinión si ve que voy de buen humor, año tras años, para decirle ¿cómo estás, tío Scrooge? Aunque sólo sirviera para que se acordara de dejarle cincuenta libras a ese pobre escribiente suyo, ya habría merecido la pena; y pienso que ayer le conmoví. Ahora les tocaba reírse a los demás con la mención de haber conmovido a Scrooge. Pero el sobrino tenía muy buen carácter, no le importaba que se rieran -se iban a reír de cualquier modo- y les fomentó la diversión pasando la botella alegremente.
Tras el té, disfrutaron con un poco de música. Era una familia aficionada a la música, y puedo asegurar que sabían lo que se traían entre manos cuando cantaban un solo, o a varias voces; sobre todo Topper, que podia gruñir como un auténtico bajo sin que se le hincharan las venas de la frente ni ponerse colorado. La sobrina de Scrooge tocaba bien el arpa y, entre otras piezas, tocó una ligera tonada (insignificante, cualquiera podría aprender a silbarla en dos minutos) que había sido muy familiar para la niña que había recogido a Scrooge en el internado, como le había hecho recordar el Fantasma de la Navidad del Pasado. Al sonar esa musiquilla, le volvieron a la mente todas las cosas que le había mostrado el fantasma; se fue enterneciendo cada vez más, y pienso que si años atrás hubiera escuchado esa música a menudo, tal vez habría cultivado con sus propias manos las cosas buenas de la vida para su propia felicidad, sin recurrir a la pala de enterrador que sepultó a Jacob Marley. No se dedicaron a la música toda la velada. Después de un rato jugaron a las prendas. Es buena cosa volverse niños algunas veces, y nunca mejor que en Navidad, cuando se hizo Niño el Fundador todopoderoso. ¡Un momento! Anteriormente hubo un juego a la gallina ciega. Por supuesto que lo hubo. Y yo no me creo que Topper estuviese realmente a ciegas ni que tuviera ojos en las botas. Mi opinión es que todo lo habían tramado él y el sobrino de Scrooge, y el Fantasma de la Navidad del Presente lo sabía. Su manera de perseguir a aquella hermana rellenita, de la toca de encaje, era un ultraje a la credulidad del género humano. Daba topetazos a los hierros de la chimenea, derribaba sillas, se estrellaba contra el piano, se asfixiaba entre los cortinajes, pero a donde iba ella, él iba detrás. Siempre sabía dónde estaba la hermana rellenita. No quería agarrar a nadie más. Si alguien tropezaba contra él, como algunos hicieron, y se quedaba quieto, fingía que fallaba al procurar atraparle, de manera afrentosa para el humano entendimiento, y acto seguido se deslizaba en dirección a la hermana rellenita. Ella gritó varias veces que era trampa, y con razón. Pero cuando al fin la atrapó, cuando pese a los sedosos rozamientos y rápidas ondulaciones de ella logró arrinconarla en una esquina sin escapatoria, entonces su conducta fue de lo más execrable. Simulaba no saber que era ella; simulaba que era necesario tocar su peinado, y para cerciorarse bien de su identidad tanteó una determinada sortija en sus dedos y una determinada cadena en su cuello; ¡fue vil, monstruoso! Sin duda ella le hizo saber su opinión cuando otro hacía de gallina ciega y ellos estaban juntos, muy confidenciales, detrás de los cortinajes.
La sobrina de Scrooge no estaba jugando, sino sentada cómodamente en un gran butacón, con los pies sobre un escabel, en un atopadizo rincón, y el fantasma y Scrooge estaban detrás de ella. Pero se incorporó al juego de prendas y obtuvo resultados admirables con todas las letras del alfabeto. También lo hizo muy bien en el juego «Cómo, cuándo y dónde», y para secreto regocijo del sobrino de Scrooge, sacó mucha ventaja a sus hermanas, que también eran chicas sagaces, como Topper podría confirmar. Allí habría unas veinte personas, jóvenes y viejos, pero todos estaban jugando, y también jugaba Scrooge; olvidando por completo los motivos por los que estaba allí y que los demás no podía oírle, algunas veces daba las respuestas en voz alta y casi siempre acertaba, pues la aguja más aguda, la mejor Whitechapel, y con el ojo bien abierto, no superaba en agudeza a Scrooge, aun que él se empeñaba en ser terco.
Al fantasma le agradó mucho verle con aquella actitud y le miró con tal benevolencia que Scrooge le suplicó como un niño que le permitiera quedarse hasta que los invitados se despidieran. El espíritu le dijo que no era posible.
«Van a empezar otro juego», dijo Scrooge. «¡Sólo media hora, espíritu; sólo media!»
Era el juego llamado del «Sí y no»; el sobrino de Scrooge tenía que pensar en una cosa y los demás descubrir lo que era haciéndole preguntas que únicamente podía responder con un «sí» o un «no». Del continuo bombardeo de preguntas a que fue sometido se deducía que había pensado en un animal, un animal vivo, un animal bastante desagradable, un animal salvaje, un animal que a veces rugía y gruñía, y otras veces hablaba, y vivía en Londres, y andaba por la caIle, y no se le exhibía al público, y nadie le llevaba atado, y no vivía en un zoológico, y nunca le mataron en un merca do, y no era un caballo, asno, vaca, toro, tigre, perro, cerdo, gato no oso. Cada nueva pregunta provocaba en el sobrino un ataque de risa tan irrefrenable que le obligaba a levantarse del sofá y dar patadas al suelo. Finalmente, la hermana rellenita, que había caído en un ataque similar, exclamó:
«¡Ya lo tengo! ¡Ya sé lo que es, Fred! ¡Ya sé lo que es!»
«¿Qué es?», gritó Fred.
«¡Es tu tío Scro-o-o-o-oge!»
Así era, ciertamente. Hubo un sentimiento general de admiración, aunque algunos objetaron que la respuesta a «¿Es un oso?» debió haber sido «Sí», puesto que la respuesta contraria era suficiente para desviar el pensamiento del señor Scrooge, suponiendo que alguna vez se les hubiera ocurrido pensar en él.
«Gracias a él hemos tenido un buen rato», dijo Fred, «y sería ingratitud no beber a su salud. Aquí tenemos preparadas copas de vino caliente y brindo por tío Scrooge».
«¡Bueno! ¡Por tío Scrooge!», repitieron todos.
«¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo para el viejo, sea lo que sea!», dijo el sobrino. «El no me lo aceptaría, pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!
Tío Scrooge se había ido poniendo imperceptiblemente tan contento y animado que habría correspondido bebiendo a la salud de la inconsciente reunión, y les habría dado las gracias con palabras inaudibles si el fantasma le hubiera dado tiempo. Pero toda la escena se esfumó con el hálito de las últimas palabras del sobrino, y él y el espíritu emprendieron nuevos viajes. Vieron mucho, fueron muy lejos, visitaron muchos hogares, pero siempre con un desenlace feliz. El espíritu permaneció junto al lecho de los enfermos y ellos se animaban; junto a los que estaban en tierra extraña y se sentían más cerca de la patria; junto a los hombres que luchaban, y les daba paciencia para alcanzar su mayor aspiración; junto a la pobreza y la convertía en riqueza. En hospicios, hospitales, cárceles, en todos los refugios de la miseria donde la pequeña y vana autoridad del hombre no había hecho cerrar las puertas para dejar al espíritu fuera, les dejó su bendición y a Scrooge el ejemplo.
Era una noche muy larga, si es que era solamente una noche, cosa que Scrooge dudaba puesto que las fiestas navideñas parecían haberse condensado en el período de tiempo que pasaron juntos. También era extraño que mientras la forma externa de Scrooge no se había alterado, el fantasma había envejecido, había envejecido a ojos vista. Scrooge observó el cambio pero no habló de ello hasta que salieron de un festejo infantil de víspera de Reyes y al mirar al espíritu cuando salieron al exterior observó que se le había encanecido el cabello.
«¿Es tan breve la vida de los espíritus?», preguntó.
«Mi vida en este globo es muy corta», respondió el fantasma. «Se termina esta noche».
«¡Esta noche!», exclamó Scrooge.
«A medianoche. ¡Escucha! Se acerca la hora».
En aquel momento las campanas del reloj daban las doce menos cuarto.
«Perdóname si me equivoco», dijo Scrooge mirando con inquietud el manto del espíritu, «pero estoy viendo algo raro que te asoma por el ropaje. ¡Es un pie o una garra!»
«Por la carne que tiene encima, podría ser una garra», fue la respuesta, cargada de tristeza, del espíritu. «Mira esto».
De los pliegues del manto salieron dos niños; unos niños harapientos, abyectos, temibles, espantosos, miserables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del manto.
«¡Hombre! ¡Mira esto! ¡Mira, mira bien!», exclamó el fantasma.
Eran un niño y una niña. Amarillos, flacos, mugrientos, malencarados, lobunos, pero también prosternados en su humildad. Donde la gracia de la juventud debió haberles perfilado los rasgos y retocado con sus más frescas tintas, una mano marchita y seca, como la de la vejez, les había atormentado, retorcido y hecho trizas. Donde podrían haberse entronizado los ángeles, acechaban los demonios echando fuego por sus ojos amenazadores. Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se han dado en ningún cambio, degradación o perversión de la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravillosa Creación. Aterrado, Scrooge se echó atrás. Intentó decir que eran unos niños agradables, pero su lengua se negó a pronunciar una mentira de tal magnitud.
«¿Son tuyos, espíritu?», fue todo lo que pudo decir.
«Son del hombre», dijo el espíritu mirándolos. «Y se agarran a mí apelando contra sus progenitores. Este chico es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guárdate de los dos y de todos los de su género, pero guárdate sobre todo de este chico porque en la frente lleva escrita la Condenación, a menos que se borre lo que lleva escrito. ¡Niégalo!», exclamó el espíritu señalando con la mano hacia la ciudad. «¡Difama a quienes te lo dicen! Admítelo para tus propósitos tendenciosos y empeóralo todavía más. ¡Y aguarda el final!»
«¿No tienen refugio ni salvación?», gimió Scrooge.
«¿No están las cárceles?», dijo el espíritu devolviéndole por última vez sus propias palabras. «¿No hay casas de misericordia?»
La campana dio las doce. Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada recordó la predicción del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma solemne, envuelto en ropas y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo.
jueves, 8 de enero de 2009
miércoles, 7 de enero de 2009
martes, 6 de enero de 2009
Cuento de Navidad XI
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron a la mesa manzanas y naranjas y se metió al fuego una paletada de castañas. Luego toda la familia Cratchit se agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit llamaba «círculo» queriendo indicar medio círculo; y al lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin mango, que sirvieron para el líquido caliente de la jarra tan bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció con expresión radiante, mientras las cas tañas en el fuego chascaban y se resquebrajaban ruidosamente. Luego Bob brindó:
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió abrumado por el arrepentimiento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la levantó rápidamente al escuchar su nombre.
«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta.
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí.
Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro a insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo pides y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la familia. La sola mención de su nombre arrojó sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malvado Scrooge. Bob Cratchit les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos ingresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de Peter convertido en hombre de negocios; el propio Peter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos como si meditara sobre las especiales inversiones que debería decidir cuando entrase en posesión de un ingreso tan apabullante. Martha, que era una pobre aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase de trabajo que tenía que realizar, las muchas horas seguidas que debía trabajar y cómo estaba deseando tomarse un largo descanso en cama a la mañana siguiente, pues el día siguiente era festivo y lo pasaba en casa. También les contó que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy probable que así fuera, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía parecían más felices, con el brillante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim. En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones. Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agradable cena, con platos calentándose junto a la lumbre y cortinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá, todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos, tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se dirigían a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas -bien lo sabían ellas, astutas hechiceras! Pero a juzgar por el número de personas que se encaminaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en las casas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su alcance con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle lúgubre, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonoramente cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantasma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cementerio de gigantes. El agua corría por todas panes -al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera-, y sólo crecían musgos, tojos y densas matas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol poniente había dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la desolación durante unos instantes, como un ojo rencoroso, y se fue cerrando, cerrando cada vez más, hasta perderse en las espesas tinieblas de la noche más negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me conocen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabaña y ellos se aproximaron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y barro y encontraron una animada reunión en torno a una cálida lumbre. Un hombre muy viejo y una mujer, con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior, todos engalanados con sus ropas de fiesta. El viejo, con una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando los demás unían sus voces, la del viejo se volvía más alegre y potente, y cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que se sujetase al manto y, pasando sobre el páramo, se dirigió rápidamente... ¿adónde? ¡No al mar? Sí, al mar. Para espanto de Scrooge, al mirar hacia atrás vio al final de la tierra firme una temible alineación de rocas; sus oídos quedaron ensordecidos por el retumbar del agua que se desmoronaba rugiendo y se estrellaba con furia contra las siniestras cavernas que había ido socavando, y con fiereza intentaba perforar la tierra. A una legua aproximadamente de la costa se alzaba un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife de hundidas rocas, azotadas y arañadas por el oleaje. En la base colgaban grandes aglomeraciones de algas y las aves marinas -se diría que nacían del viento, como las algas del agua- se elevaban y caían a su alrededor como las olas que peinaban.
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las señales habían encendido una lumbre que, a través del portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arrojaba un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando sus encallecidas manos por encima de la mesa basta donde estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad con sus jarras de grog. Uno de ellos, el más viejo, con un rostro marcado por la inclemencia del tiempo como el mascarón de proa de un viejo navío, entonó una canción tan vigorosa como una tempestad. Una vez más, el fantasma se fue apresuradamente sobre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos de cual quier costa, como le dijo a Scrooge, que descendieron sobre un barco. Permanecieron al lado del timonel, del vigía de proa, de los oficiales de guardia, fantasmales y oscuras sombras en sus puestos, pero todos ellos tarareaban música navideña o tenían el pensamiento puesto en la Navidad, o hablaban a sus compañeros de alguna Navidad pasada con añoranza del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dormido, bueno o malo, había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había compartido en alguna medida el festejo; y había recordado a los seres queridos, y había sabido que ellos se acordaban de él. Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias tinieblas sobre un abismo desconocido, cuyos secretos son tan profundos como la muerte, para Scrooge constituyó una gran sorpresa oír una sonora carcajada. Y la sorpresa todavía fue mayor cuando reconoció que la había proferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia cálida y resplandeciente, con el espíritu sonriendo a su lado y mirando al sobrino con aprobadora afabilidad.
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!
Toda la familia lo repitió.
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros! », dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre, en su pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño amorosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el futuro, ningún otro de mi especie», replicó el fantasma, «le encontrara aquí. ¿Y qué más da? Si se tiene que morir, lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de población».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus propias palabras, y se sintió abrumado por el arrepentimiento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazón humano, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que hayas descubierto qué es el exceso y dónde está el exceso. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben morir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh Dios! , ¡tener que escuchar al insecto en la hoja disertando sobre lo demasiado que viven sus hambrientos hermanos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobación del fantasma y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la levantó rápidamente al escuchar su nombre.
«¡El señor Scrooge!, dijo Bob; «brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta.
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la señora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle aquí.
Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niños: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro a insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo pides y por el día que es», dijo la señora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! El va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niños bebieron detrás de ella. Era la primera de sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el último, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro de la familia. La sola mención de su nombre arrojó sobre la reunión una negra sombra que no se disipó hasta cinco minutos más tarde. Pasada la sombra, estaban diez veces más contentos que antes por el mero alivio de haber acabado con el Malvado Scrooge. Bob Cratchit les habló de la situación que tenía en perspectiva para el señorito Peter, que, si se conseguía, supondría unos ingresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jóvenes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de Peter convertido en hombre de negocios; el propio Peter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos como si meditara sobre las especiales inversiones que debería decidir cuando entrase en posesión de un ingreso tan apabullante. Martha, que era una pobre aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase de trabajo que tenía que realizar, las muchas horas seguidas que debía trabajar y cómo estaba deseando tomarse un largo descanso en cama a la mañana siguiente, pues el día siguiente era festivo y lo pasaba en casa. También les contó que había visto a una condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era de alto como Peter», ante lo cual Peter se subió los cuellos tanto que no se le podía ver la cabeza. Todo este rato, las castañas y la jarra hacían ronda, y después escucharon una canción sobre un niño perdido en la nieve; la cantaba Tiny Tim con una vocecita quejumbrosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy probable que así fuera, el interior de una casa de empeños. Pero estaban felices, agradecidos y satisfechos unos de otros, y contentos con el presente. Cuando empezaron a perderse de vista, todavía parecían más felices, con el brillante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se marchaba, y hasta el último instante Scrooge no apartó de ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim. En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y nevaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por las calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habitaciones. Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los preparativos para una agradable cena, con platos calentándose junto a la lumbre y cortinas de color rojo oscuro a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuridad. Allá, todos los niños de la casa salían corriendo en la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos, primos, tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se dirigían a paso rápido hacia la casa de algún vecino donde, ¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas -bien lo sabían ellas, astutas hechiceras! Pero a juzgar por el número de personas que se encaminaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en las casas no habría nadie para dar la bienvenida; sin embargo, en todas se esperaba compañía y se avivaban las lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Cómo exultaba el fantasma! ¡Cómo henchía su desnudo pecho la respiración! ¡Cómo abría la palma de su mano libre y regaba a chorros generosos todo lo que quedaba a su alcance con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría antes de puntear con motas de luz la calle lúgubre, iba arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin más compañía que la Navidad, se rió sonoramente cuando pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fantasma, se detuvieron en un hostil y desierto páramo, con monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera un cementerio de gigantes. El agua corría por todas panes -al menos así lo habría hecho si la helada no tuviera prisionera-, y sólo crecían musgos, tojos y densas matas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol poniente había dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la desolación durante unos instantes, como un ojo rencoroso, y se fue cerrando, cerrando cada vez más, hasta perderse en las espesas tinieblas de la noche más negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en las entrañas de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me conocen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabaña y ellos se aproximaron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y barro y encontraron una animada reunión en torno a una cálida lumbre. Un hombre muy viejo y una mujer, con sus hijos y los hijos de sus hijos, y otra generación posterior, todos engalanados con sus ropas de fiesta. El viejo, con una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en la yerma extensión, les cantaba un villancico que ya era muy antiguo cuando él había sido niño, y de vez en cuando todos le acompañaban a coro. Cuando los demás unían sus voces, la del viejo se volvía más alegre y potente, y cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que se sujetase al manto y, pasando sobre el páramo, se dirigió rápidamente... ¿adónde? ¡No al mar? Sí, al mar. Para espanto de Scrooge, al mirar hacia atrás vio al final de la tierra firme una temible alineación de rocas; sus oídos quedaron ensordecidos por el retumbar del agua que se desmoronaba rugiendo y se estrellaba con furia contra las siniestras cavernas que había ido socavando, y con fiereza intentaba perforar la tierra. A una legua aproximadamente de la costa se alzaba un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife de hundidas rocas, azotadas y arañadas por el oleaje. En la base colgaban grandes aglomeraciones de algas y las aves marinas -se diría que nacían del viento, como las algas del agua- se elevaban y caían a su alrededor como las olas que peinaban.
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las señales habían encendido una lumbre que, a través del portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arrojaba un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando sus encallecidas manos por encima de la mesa basta donde estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad con sus jarras de grog. Uno de ellos, el más viejo, con un rostro marcado por la inclemencia del tiempo como el mascarón de proa de un viejo navío, entonó una canción tan vigorosa como una tempestad. Una vez más, el fantasma se fue apresuradamente sobre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos de cual quier costa, como le dijo a Scrooge, que descendieron sobre un barco. Permanecieron al lado del timonel, del vigía de proa, de los oficiales de guardia, fantasmales y oscuras sombras en sus puestos, pero todos ellos tarareaban música navideña o tenían el pensamiento puesto en la Navidad, o hablaban a sus compañeros de alguna Navidad pasada con añoranza del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dormido, bueno o malo, había tenido una palabra más amable para los demás en ese día que en cualquier otro día del año; y había compartido en alguna medida el festejo; y había recordado a los seres queridos, y había sabido que ellos se acordaban de él. Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias tinieblas sobre un abismo desconocido, cuyos secretos son tan profundos como la muerte, para Scrooge constituyó una gran sorpresa oír una sonora carcajada. Y la sorpresa todavía fue mayor cuando reconoció que la había proferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia cálida y resplandeciente, con el espíritu sonriendo a su lado y mirando al sobrino con aprobadora afabilidad.
Ya se van para Oriente... Occidente o para donde sea
lunes, 5 de enero de 2009
Cuento de Navidad X
Pero pronto los campanarios llamaron a la oración en iglesias y capillas, y allá se fue la buena gente en multitud por las calles, con sus mejores galas y su más jubilosa expresión. Y al mismo tiempo, desde muchas callejuelas, pasadizos y bocacalles sin nombre, emergieron innumerables personas que llevaban su cena a asar en las panaderías. El espíritu parecía estar muy interesado por estos pobres festejadores, pues se detuvo con Scrooge junto a la entrada de una panadería para levantar las cubiertas de las cenas que transportaban y las rociaba de incienso con su antorcha. La antorcha era de una clase muy poco corriente, pues en una o dos ocasiones en que algunos de los que acarreaban las cenas tropezaron con otros y hubo palabras mayores, el espíritu los roció con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato recuperaron el buen humor; decían que era una vergüenza disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto! Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las panaderías, pero permaneció una confortante y vaga representación de todas esas cenas en el derretido manchón de humedad sobre cada horno de panadero, donde el suelo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las losas.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Se ñor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a nosotros».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad.
Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vestíbulo. Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos» a la semana; los sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones! La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto, el señorito Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y heredero en honor a la festividad del día), encantado de en contrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Cratchit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gritando que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pequeños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta mañana despacharlo, madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego
para entrar en calor, cariño».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Cratchit que estaban en todo. «¡Escóndete, Martha,
escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda, cuando menos, por todo abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien remendada y cepillada para guardar una apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas enfundadas en armazones de hierro.
«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por broma, de manera que salió antes de tiempo de su escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de Tiny Tim y le arras traron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido en el barreño.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y, muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvíamos a casa me dijo que esperaba que la gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agradable recordar en el día de Navidad a quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo fuerte y sano. Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa muletita contra el suelo y Tiny Tim regresó escoltado por su hermano y su hermana hasta su taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob, recogiendo las mangas -como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raídas- preparó un brebaje caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina. El señorito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto en animada procesión. Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creído que una oca era la más rara de las aves, un fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vulgar; y en realidad, en aquella casa era algo así. La señora Cratchit puso la salsa (preparada de antemano en una pequeña salsera) casi hirviente; el señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana; Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de delectación por toda la mesa, a incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó débilmente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía creer que se hubiera cocinado jamás una oca como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por la salsa de manzana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuente, ¡no se la habían acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y adornado de acebo en la parte superior. Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan gran de; hacerlo hubiera sido como una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
«¿Tiene algún sabor especial eso que salpicas con la antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero más para una cena pobre».
«¿Por qué más para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita más».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacilación, «de todos los seres que hay en los muchos mundos que nos rodean, me asombra que seas tú el que más desea restringir las oportunidades de esa gente para disfrutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada séptimo día, a menudo el único día en que se puede decir que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?:..
«¡Yo! », exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del Se ñor?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero! », exclamó el fantasma.
«Perdóname si me equivoco. Se ha hecho en tu nombre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu; «que pretenden conocernos y que cometen sus actos de pasión, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a nosotros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Recuerda esto y échales la culpa a ellos, no a nosotros».
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon, invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciudad.
Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la había observado en la panadería) consistía en que, pese a su talla gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fácilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural tanto si el techo era muy bajo como si se encontraba en un grandioso vestíbulo. Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontraba en demostrar esa facultad, o bien por su propia naturaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los pobres, condujo a Scrooge asido a su manto directamente a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu sonrió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob Cratchit con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob sólo ganaba quince «pavos» a la semana; los sábados no se embolsaba más que quince copias de su propio nombre, ¡y a pesar de todo el fantasma de la Navidad del Presente bendijo su casa de cuatro habitaciones! La señora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engalanada pobremente con un vestido al que ya le había dado la vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto, el señorito Peter Cratchit hundía un tenedor en la cazuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob, transferida a su hijo y heredero en honor a la festividad del día), encantado de en contrarse tan elegantemente ataviado y ansioso por exhibirse en los parques y paseos de moda. Y ahora dos pequeños Cratchit, niño y niña, llegaron corriendo precipitadamente y gritando que habían olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era la suya; entre placenteros pensamientos de cebolla y salvia, estos jóvenes Cratchit bailaban en torno a la mesa y ensalzaban al señorito Peter Cratchit mientras él (sin orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el fuego hasta que el lento hervor de las patatas sonó fuerte al chocar con la tapadera y quedaron listas para sacar y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», decía la señora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y Martha ya había llegado hace media hora, el año pasado!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apareciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos Cratchit pequeños. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...! »
«¡Ay, mi niña querida, qué tarde vienes!», dijo la señora Crarchit besándola una y otra vez, y quitándole el chal y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montón de trabajo», respondió la chica, «y esta mañana despacharlo, madre». «¡Bueno! Ahora ya estás aquí y eso es lo que importa», dijo la señora Cratchit. «Siéntate junto al fuego
para entrar en calor, cariño».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jóvenes Cratchit que estaban en todo. «¡Escóndete, Martha,
escóndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el padre, con tres pies de bufanda, cuando menos, por todo abrigo, colgándole por delante, y su gastada indumentaria bien remendada y cepillada para guardar una apariencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny Tim!: llevaba una pequeña muleta y sus piernas enfundadas en armazones de hierro.
«¿Dónde está Martha?», exclamó Bob Cratchit mirando alrededor.
«No va a venir», dijo la señora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con súbito desánimo, pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No venir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por broma, de manera que salió antes de tiempo de su escondite tras la puerta del armario y corrió a sus brazos, mientras los dos pequeños Cratchit se apoderaron de Tiny Tim y le arras traron hasta el lavadero para que pudiera escuchar el sonido del pudding de Navidad metido en el barreño.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señora Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y, muy contento, había estrechado a su hija entre sus brazos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y piensa las cosas más extrañas que se puedan imaginar. Cuando volvíamos a casa me dijo que esperaba que la gente se fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos sería agradable recordar en el día de Navidad a quien hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tembló más cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo fuerte y sano. Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los golpes de la activa muletita contra el suelo y Tiny Tim regresó escoltado por su hermano y su hermana hasta su taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob, recogiendo las mangas -como si, ¡pobre hombre! , pudieran quedar todavía más raídas- preparó un brebaje caliente de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a conciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina. El señorito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeños se fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto en animada procesión. Sobrevino una excitación tal que cualquiera hubiera creído que una oca era la más rara de las aves, un fenómeno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de lo más vulgar; y en realidad, en aquella casa era algo así. La señora Cratchit puso la salsa (preparada de antemano en una pequeña salsera) casi hirviente; el señorito Peter hizo puré las patatas con incteíble energía; la señorita Belinda endulzó la salsa de manzana; Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado a Tiny Tim en una esquina de la mesa; los dos jóvenes Cratchit colocaron sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y montando guardia en sus puestos mantenían la cuchara en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron las fuentes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la que no se les oía ni respirar, mientras la señora Cratchit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto lo hizo, cuando brotó el esperado borbotón del relleno, se alzó un clamor de delectación por toda la mesa, a incluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeños, golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó débilmente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquélla. Bob decía que no podía creer que se hubiera cocinado jamás una oca como aquélla. Su sabor, ternura, tamaño y bajo precio fueron temas de universal admiración. Acompañada por la salsa de manzana y el puré de patata, fue cena suficiente para toda la familia; y más aún, como dijo muy contenta la señor Cratchit supervisando una pequeña partícula de hueso en una fuente, ¡no se la habían acabado! El hecho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los pequeños Cratchit se habían atiborrado de cebolla y salvia hasta las cejas. Pero ahora la señorita Belinda cambió los platos mientras la señora Cratchit salía del cuarto sola -demasiado nerviosa para soportar testigos- para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacatlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! -suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit-. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y adornado de acebo en la parte superior. Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y que lo consideraba lo mejor que la señora Cratchit había hecho desde que se habían casado. La señora Cratchit dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de encima, confesaría que había tenido sus dudas sobre la cantidad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre el pudding, pero nadie dijo, ni pensó, que era pequeño para una familia tan gran de; hacerlo hubiera sido como una blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insinuación semejante.
Carta Abierta A Los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos.: Espíritu de la Navidad que ahora llega a su fin me gustaría pediros yo también mis regalos , ya sabéis que hace años que no pido cosas sencillas, esas que se pueden comprar... como sois magos os pido cosas que realmente transformen, cambien , hagan creer. Este año en especial os pido alegría, sincera de la que nace del corazón , alegría para todos las personas, alegría que brota del amor. Os pido salud, para poder llevar ilusión , para poder hacer sueños de otros, que tienen mucho de los mios propios. Os pido magia , si magia en forma de amor, de amistad, compromiso ... la magia que hace que las cosas mas difíciles no sean más que el escenario para que el gran truco suceda, la magia de los ojos ilusionados de los niños, de la sonrisa del anciano. Os pido muchas risas y sonrisas compartidas y que los sueños se hagan realidad... En el fondo os pido que cuideis mucho de las personas a las que quiero a todas ellas tambien a aquellas que como regalos vuestros este año nuevo apareceran en mi vida y a los que por lo que sea se han quedado por el camino , cuidarlos mucho mas , ojala que en su cara se ponga una sonrisa al recordar momentos compartidos...
domingo, 4 de enero de 2009
Siguiendo una estrella... Un alto para el camino.

Habrá que esperar a los regalos pasándolo bien un ratillo digo yo... aquí os hago unas propuestas para la noche de Reyes Krypton Bar C/ Gonzalo de Córdoba, 20 Una porción de roscón para los clientes y los cócteles a mitad de precio... Búho Real C/ Regueros, 5 La noche comienza con la actuación de Belén Arjona ... Zanzibar C/ Regueros,9 Cuenta cuentos por Guillermina Tárrega y continuar con el sonido jazz y bossa del dúo Verónica Pérez y Ángel Rubio. Fulanita de Tal C/ Conde de Xiquena, 2 Celebran su cuarto aniversario, parece que fue ayer la inauguración, y por ello obsequiaran con regalos a sus clientes. Wild Thing Bar C/ Martín Machio,2 a partir de las 21 horas buena música, roscón y cava para todos. Estas son algunas de las propuestas , fácil es saber en la que nos perderemos ,la noche del 5... Pero quien sabe lo que la estrella nos lleva... ¿Inicias el viaje de Oriente este día 5... ?
sábado, 3 de enero de 2009
Cuento de Navidad IX
TERCERA ESTROFA
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS
Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía haber avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrería el nuevo espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda cabe, hay toda una amplia gama. Sin atreverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente, cuando la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores. Cinco minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama, que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fantasmas porque él era incapaz de adivinar su significación y su propósito. En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el momento culminante de un interesante caso de combustión espontánea, sin tener el consuelo de saberlo. Sin embargo, al final acabó pensando -como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer-, al final, como decía, acabó pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantasmal en la habitación de al lado, donde parecía resplandecer. Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin ruido y se deslizó en sus zapatillas hasta la puerta. En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge obedeció.
Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente. El techo y las paredes estaban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nunca había conocido aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pechiles, lechones, largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso, manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes bolees de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida, parecida a un cuerno de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó la puerta y miró de hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó encontrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el espíritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro, ribeteado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy holgada, dejando al descubierto su ancho pecho como si desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto, también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de brillantes carámbanos. Sus bucles, de color castaño oscuro, eran largos y caían libremente, libres como su rostro cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo. Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la antigua funda estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi familia; quiero decir -porque yo soy muy joven- mis hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»
«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí una lección que ahora estoy aprovechando. Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme. Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras, pastelillos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamente. También desapareció la habitación, el fuego, el rojizo resplandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de Navidad. El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable, al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales. En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los tejados y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de veces en las intersecciones de las grandes arterias y formaban intrincados canales, difíciles de rastrear, en el espeso lodo amarillo y agua helada. El cielo estaba oscuro y las calles más cortas taponadas por una neblina negruzca, medio derretida, medio helada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de átomos de hollín; parecía que todas las chimeneas de Gran Bretaña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy superior al que podría producir el sol más brillante y el aire más límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve -proyectil bastante más inofensivo que muchos comentarios jocosos-, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias. Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recostados en las puertas y desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia. Había rojizas cebollas de España, de rostro moreno y amplio contorno, de gordura reluciente como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego elevaban la mirada serena al muérdago colgado. Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había racimos de uvas colgando de ganchos conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar; también había pilas de avellanas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evocaba los paseos por los bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk, regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta entre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucediendo y daban vueltas y más vueltas en su pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos! ¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los huecos! Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aro mas del té y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar, hacían sentir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos estaban húmedos y pulposos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan ornamentadas. Todos los comestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corriendo a recogerla, cometiendo cientos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos co razones con que ataban sus mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen.
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPIRITUS
Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía haber avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero, que se le enviaba por mediación de Jacob Marley. Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a preguntarse qué cortina descorrería el nuevo espectro; por eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y dirigió una cortante ojeada en torno a su cama. Quería plantar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que le cogiera desprevenido porque se pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jactan de conocer bien la aguja de marear a cualquier hora del día o de la noche, expresan su amplia capacidad para la aventura diciendo que son buenos para cualquier cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta cometer un asesinato; entre estas dos actividades extremas, qué duda cabe, hay toda una amplia gama. Sin atreverme a decir otro tanto de Scrooge, no es equivocado pensar que estaba preparado para recibir una gran variedad de extrañas apariciones y que nada, desde un bebé hasta un rinoceronte, le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente, cuando la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores. Cinco minutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de la cama, que se había convertido en origen y centro del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella cuando el reloj proclamó la hora; al no ser más que luz resultaba más alarmante que una docena de fantasmas porque él era incapaz de adivinar su significación y su propósito. En algunos momentos, Scrooge temió hallarse en el momento culminante de un interesante caso de combustión espontánea, sin tener el consuelo de saberlo. Sin embargo, al final acabó pensando -como usted o yo hubiéramos pensado desde el principio, pues la persona que no está metida en el problema es quien mejor sabe lo que se debe hacer-, al final, como decía, acabó pensando que tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fantasmal en la habitación de al lado, donde parecía resplandecer. Cuando esta idea acaparó toda su mente, se levantó sin ruido y se deslizó en sus zapatillas hasta la puerta. En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar. Scrooge obedeció.
Era su propio salón, sin duda alguna, pero había sufrido una transformación sorprendente. El techo y las paredes estaban tan cubiertos de vegetación que parecía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muérdago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen esparcido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea rugían tales llamaradas como nunca había conocido aquel triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley, ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el suelo, amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza, pollería, adobo, grandes pechiles, lechones, largas ristras de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas de ostras, castañas de color rojo intenso, manzanas de rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, inmensos pasteles de Reyes y burbujeantes bolees de ponche que empañaban la estancia con sus efluvios deliciosos. Cómodamente instalado sobre todo ello, estaba sentado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que sostenía una antorcha encendida, parecida a un cuerno de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz cayera sobre Scrooge cuando cruzó la puerta y miró de hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me reconocerás mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de antes, y aunque los ojos del espíritu eran francos y amables, no le gustó encontrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el espíritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con una simple túnica, o manto, de color verde oscuro, ribeteado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy holgada, dejando al descubierto su ancho pecho como si desdeñara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto, también estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba más cobertura que una guirnalda de acebo salpicada de brillantes carámbanos. Sus bucles, de color castaño oscuro, eran largos y caían libremente, libres como su rostro cordial; su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz, sus ademanes espontáneos y su aire festivo. Ceñía su cintura una antigua vaina, pero sin espada, y la antigua funda estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el espíritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jóvenes de mi familia; quiero decir -porque yo soy muy joven- mis hermanos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma. manos mayores, nacidos en estos últimos años?», prosiguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, espíritu?»
«Más de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener! », murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó.
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí una lección que ahora estoy aprovechando. Este noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con provecho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme. Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza, pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras, pastelillos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantáneamente. También desapareció la habitación, el fuego, el rojizo resplandor, la hora de la noche, y ellos estaban en las calles de la ciudad en la mañana del día de Navidad. El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de música chocante, pero viva y nada desagradable, al quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados; para los chicos era una delicia total ver cómo caía la nieve explotando en la calle y salpicando con pequeños aludes artificiales. En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los tejados y con la nieve más sucia del suelo, las fachadas de las casas parecían negras y las ventanas todavía más negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y carros habían arado con profundas rodadas la última nieve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban cientos de veces en las intersecciones de las grandes arterias y formaban intrincados canales, difíciles de rastrear, en el espeso lodo amarillo y agua helada. El cielo estaba oscuro y las calles más cortas taponadas por una neblina negruzca, medio derretida, medio helada, cuyas partículas más pesadas caían cual ducha de átomos de hollín; parecía que todas las chimeneas de Gran Bretaña se habían puesto de acuerdo para encenderse a la vez y estuviesen disparando a discreción para satisfacción de sus queridos fogones. En el clima de la ciudad no había nada alegre; no obstante, flotaba en el aire un júbilo muy superior al que podría producir el sol más brillante y el aire más límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a otros desde los parapetos y, de vez en cuando, intercambiaban bolazos de nieve -proyectil bastante más inofensivo que muchos comentarios jocosos-, riendo con todas las ganas si daba en el blanco y con no menos ganas si fallaba. Las tiendas de los polleros todavía estaban medio abiertas y las de los fruteros irradiaban sus glorias. Allí había grandes cestos de castañas redondos, panzudos como viejos y alegres caballeros, recostados en las puertas y desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia. Había rojizas cebollas de España, de rostro moreno y amplio contorno, de gordura reluciente como frailes españoles que, desde los estantes, guiñaban el ojo con irresponsable malicia a las chicas que pasaban y luego elevaban la mirada serena al muérdago colgado. Había peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirámides. Había racimos de uvas colgando de ganchos conspicuos por la buena intención de los tenderos, para que a la gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar; también había pilas de avellanas, marrones, aterciopeladas, con una fragancia que evocaba los paseos por los bosques y el agradable caminar hundido hasta los tobillos entre las hojas secas; había manzanas de Norfolk, regordetas y atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y limones y, con la gran densidad de sus cuerpos jugosos, pidiendo a gritos que se las llevasen a casa en bolsas de papel para comerlas después de la cena. Hasta los peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta entre los exquisitos frutos, y a pesar de pertenecer a una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo estaba sucediendo y daban vueltas y más vueltas en su pequeño mundo con la excitación lenta y desapasionada propia de los peces. ¡Y en las tiendas de ultramarinos! ¡Ah, los ultramarinos! A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero ¡qué visiones por los huecos! Los platillos de las balanzas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de bramante desaparecía con rapidez; los enlatados tableteaban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los mezclados aro mas del té y el café eran una delicia para el olfato; estaba lleno de pasas extrañas, almendras blanquísimas, largos y derechos palos de canela y otras especias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y escarchados con azúcar, hacían sentir desvanecimientos, y después una sensación biliosa, incluso a los espectadores más fríos. Los higos estaban húmedos y pulposos, las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acrimonia desde sus cajas tan ornamentadas. Todos los comestibles eran magníficos y bien presentados para la Navidad. Pero eso no era todo. Los clientes estaban tan apresurados y agitados con la esperanzadora promesa del día que tropezaban unos con otros en la puerta, entrechocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostrador y volvían corriendo a recogerla, cometiendo cientos de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El especiero y sus dependientes eran tan campechanos y bien dispuestos que los pulidos co razones con que ataban sus mandilones por detrás podrían haber sido sus propios corazones, llevados por fuera para inspección general y para ser picoteados por cuervos navideños si así lo prefiriesen.
Una estela por las próximas exposiciones...


... Una estela para este próximo año puede ser ir a la gran cantidad de acontecimientos relacionados con el mundo de las artes . Desde el 3 de Febrero hasta el 19 de abril Francis Bacon , en el Museo del Prado , con motivo del centenario de su nacimiento, en este mismo museo podremos contemplar también " La bella durmiente.Pintura victoriana del Museo de Arte Ponce" (24 de febrero) "Joaquín Sorolla" (26 de mayo) . En el Thyssen-Bornemisza, el 19 de febrero es la inauguración de la exposicion " La sombra" , al 9 de junio "Matisse" 19 de septiembre "Fatin-Latour.Pintor de lo intimo" 20 de octubre " Lágrimas de Eros" En CARS el 3 de febrero "Eulalia Valldosera" 10 de marzo "Julio Gonzalez" 19 de mayo "Juan Muñoz"
viernes, 2 de enero de 2009
Cuento de Navidad VIII
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni el clima ni la hora resultaban los más adecuados para sus propósitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el termómetro muy por debajo del punto de congelación; ni que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de dormir, o que estaba sufriendo un resfriado. El apretón, aunque suave como el de una mano femenina, era ineludible. Scrooge se levantó, pero al ver que el espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su túnica y suplicó:
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carretera en plena campiña, con campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por completo, hasta el último vestigio. La oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí
pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», observó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconociendo cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serpenteante río. Ahora veían trotar, en dirección a ellos, unos cuan tos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y carros conducidos por granjeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho campo terminó llenándose de una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fantasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mien tras pasaban! Se sintió inundado de gozo cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar ¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había proporcionado a él? «La escuela no está vacía del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado coronada por una veleta de gallo y una campana. Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utilizaban muy poco y las paredes estaban húmedas y enmohecidas, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y cacareaban las aves de corral. La hierba invadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobremente amuebladas, frías y destartaladas. Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna manera se asociaba al hecho de madrugar demasiado y comer muy poco. El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en un banco y se le cayeron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido. El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada del deslucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al corazón de Scrooge con su influjo enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas. El espíritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras la ventana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y llevando de la brida un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi querido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una Navidad, cuando aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completamente solo, él vino, por primera vez, igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson, ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del Sultán colocado por los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a casarse con la princesa?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se habrían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la risa y el llanto, y si hubiesen observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga saliéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba, pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos!
¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado:
«¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar. «Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga, «pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y más sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido es tos cambios; no sabía más que tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo, cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un dolorido movimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta se abrió y una niñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al cuello y le besaba repetidamente llamándole «Querido, querido hermano». «¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», decía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y encogida por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que me atreví a preguntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un coche a buscarte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí; estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de puntillas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen grado la acompañó. Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz con descendencia y le estrechó las manos, sumiéndole en un estado de terrible confusión. A continuación condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en las ventanas estaban cerúleos por el frío. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo, envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba amarrado en el carruaje; los niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegremente hacia la curva del parque, las veloces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas perennes de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde sombras de carruajes y coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y estrépito de una ciudad real. Por el adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y las calles ya estaban alumbradas. El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido dos pulgadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mío, es Fezziwig vivo otra vez!».
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la pared, que señalaba las siete. Se frotó las manos, se ajustó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde la punta del zapato hasta el órgano de la benevolencia y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!».
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apareció con prontitud acompañado por su compañero
aprendiz.
«¡Dick Wilkins, claro está!», dijo Scrooge al fantasma. «Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señor, señor!». «¡Hala, chicos! », dijo Fezziwig, «se acab ó el trabajo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer!
¡A echar el cierre! », Exclamó Fezziwig con una sonora palmada,¡sin esperar un momento! ».
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se pusieron manos a la obra! Cargaron a la calle co n los cierres -uno, dos, tres-, los colocaron en su sitio -cuatro, cinco, seis-, echaron las barras y los pasadores -siete, ocho, nueve- y volvieron antes de poder contar doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá!», exclamó Fezziwig resbalando desde el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo, muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga Dick! ¡Muévete, Ebenexer! ».
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudiesen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó listo en un minuto. Se apartaron todos los muebles como si se desechasen de la vida pública para siempre. El suelo se barrió y fregó. Se adornaron las lámparas y se amontonó combustible junto al hogar, y el almacén se convirtió en un salón de baile tan acogedor, caliente, seco y brillante como uno desearía ver en una noche de invierno. Llegó un violinista con un libro de partituras y se encaramó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y al afinar sonaba como un dolor de estómago. Entró la señora Fezziwig, sólida y consistente, toda sonrisas. Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes y adorables. Entraron los seis jóvenes pretendientes cuyos corazones ellas habían roto. Entraron todos los hombres y mujeres jóvenes empleados en el negocio. Entró la criada, con su primo el panadero. Entró la cocinera con el amigo de su hermano, el lechero. Entró el chico de enfrente, del cual se sospechaba que su patrón no le daba comida suficiente; entró disimuladamente tras la chica de la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había comprobado que su señora le daba tirones de orejas. Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente, otros descaradamente; unos con gracia, otros desmañados; unos tirando, otros empujando. De una a otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para atrás; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira en diversas figuras de afectuosa agrupación; la vieja pareja de cabeza, girando siempre hacia el lado equivocado; la nueva pareja de cabeza a empezar otra vez cuando les tocaba el tumo; todos parejas de cabeza y ninguna de cola. Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más descanso, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a vencer o morir. Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fácilmente, gentecapaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y lo mismo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señora realizaron todas las figuras de la danza -avance y retirada, sujetando a la pareja de las manos, inclinación y reverencia; movimiento en espiral; «enhebra la aguja y vuelve a tu sitio»-, Fezziwig «cortó»; cortó tan gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación. Este baile doméstico se dio por terminado cuando sonaron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hizo con los dos aprendices; se fueron apagando las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda. Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hombre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma estaban pues tos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo, y era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera de la vista, no se había acordado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le miraba intensamente mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espíritu le hizo seña de que escuchase a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas pocas libras de tu dineto mortal, tal vez tres o cuatro. ¿Merece por eso tal gratitud?».
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observación y hablando sin querer como su yo pasado y no como el actual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de hacernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facultad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan insignificantes y sutiles que resulta imposible valorarlas. La felicidad que proporciona vale más que una fortuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló.
«¿Qué sucede? », preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportunidad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora mismo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado apagaba las lámparas. Scrooge y el fantasma volvieron a quedar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espíritu. «¡Rápido!».
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero produjo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse otra vez. Ahora tenía más edad, un hombre en plenitud de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos rasgos de años posteriores, pero empezaba a mostrar signos de preocupación y avaricia. Sus ojos tenían una movilidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasión que en él se había enraizado y seguiría creciendo. No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto estaba sentada junto a él; en sus ojos había lágrimas que brillaban a la luz del fantasma de la Navidad del pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad más imparcial del mundo!», dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por que condenar con tal severidad la búsqueda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulcemente. «Todas las demás ilusiones las has sepultado con la ilusión de quedar fuera del alcance de los sórdidos reproches del mundo. He visto sucumbir, una tras otra, tusmás nobles aspiraciones hasta quedar devorado por la pasión principal, el Lucro. ¿No es cierto?».
«¿Y qué? », replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho más listo?. Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En que he cambiado?', preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuando ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta que, con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con paciente labor. Tú eres lo que ha cambiado.
Cuando nos comprometimos eras otro hombre.
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», replicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando no éramos más que un solo corazón, está abrumada por el dolor ahora que somos dos. No sabes cuán a menudo y con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo tenido que pensar para que te libere de tu compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido? ».
«Con palabras, no. Nunca».
«Entonces, ¿cómo? ».
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alterado, otra atmosfera vital, otra Ilusión como gran meta. Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tus ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo la joven mirándole dulcemente pero con fijeza, «contéstame, ¿me habrías buscado y habrías intentado conquistarme? ¡Ah, no! ».
El, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir: «No pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera», respondió, «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado una verdad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser. Pero si hoy, mañana, ayer, estuvieses libre de compromisos, ¿podría yo creerme que ibas a elegir a una chica sin dote -tú, que todo lo mides por el rasero del Lucro? O si la eligieses, traicionando tus propios principios, sé que pronto te arrepentirías y lo lamentarías. Por eso te devuelvo tu libertad. De todo corazón, por el amor de aquel que fuiste un día».
El estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió apartando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de nuestro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy corto y lo olvidarás todo, gustosamente, como si te despertases a tiempo de un sueño improductivo. ¡Que seas feliz con la vida que has elegido! ».
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver más! », dijo Scrooge. Llévame a casa. ¿Por qué te complaces torturándome? ».
«¡Sólo una imagen más! », exclamó el fantasma.
«¡Ni una más! », gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero verlo! ¡No me muestres más! »
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sus brazos y le obligó a observar lo que sucedió a continuación.
Era otra escena y otro lugar: una habitación no muy grande ni elegante, pero llena de confort. junto a la chimenea invernal se hallaba sentada una bella joven tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la misma hasta que la vio a ella, ahora matrona atractiva, sentada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era completo tumulto pues había más niños allí de los que Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y, al contrario que en el celebrado rebaño del poema, no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno solo, sino que cada uno de los niños se comportaba como cuarenta. Las consecuencias eran tumultuosas hasta extremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie; por el contrario, la madre y la hija se reía con todas las ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los juegos y fue asaltada por los jóvenes bribones de la manera más despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto, no, no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel cabello trenzado ni le habría arrancado de un tirón el precioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es tantear su cintura jugando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus labios y haberle hecho preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber soltado las ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría gustado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor. Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmediatamente seguida de tales carreras que ella, con un rostro risueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a tiempo para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hombre cargado de juguetes navideños y regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso porteador. Le escalaron con sillas, bucearon en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujetaron por la corbata, se le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es posible describirlos. Baste decir que, por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Parar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba co n un rostro en el que, de cierto modo extraño, había fragmentos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro-apagador y, con un movimiento repentino, se le incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cubrió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo. Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; también se dio cuenta de que estaba en su propio dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la cama antes de hundirse en un sueño profundo.
(Continuará....)
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espíritu posándola sobre su corazón, «y quedarás salvo para esto y más aún».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carretera en plena campiña, con campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por completo, hasta el último vestigio. La oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí
pasé mi infancia! ».
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?»
Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos años», observó el fantasma. «Vámonos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba reconociendo cada portilla, cada poste, cada árbol, hasta que apareció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y serpenteante río. Ahora veían trotar, en dirección a ellos, unos cuan tos caballitos peludos, montados por chicos que llamaban a otros chicos subidos en carretas y carros conducidos por granjeros. Todos manifestaban gran animación y el ancho campo terminó llenándose de una música tan alegre que hasta el aire fresco se reía al escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo el fantasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mien tras pasaban! Se sintió inundado de gozo cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar ¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había proporcionado a él? «La escuela no está vacía del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus compañero».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó.
Dejaron la carretera principal para continuar por un sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una mansión de ladrillo rojo deslucido, con una cúpula en el tejado coronada por una veleta de gallo y una campana. Era una gran casa, pero venida a menos. Las espaciosas dependencias se utilizaban muy poco y las paredes estaban húmedas y enmohecidas, las ventanas rotas, las puertas vencidas. Por los establos se contoneaban y cacareaban las aves de corral. La hierba invadía cocheras y cobertizos. El interior de la casa no había conservado mejor su antiguo esplendor; cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un vistazo por las puertas abiertas de numerosas habitaciones, las encontraron pobremente amuebladas, frías y destartaladas. Había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna manera se asociaba al hecho de madrugar demasiado y comer muy poco. El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió y dio paso a un cuarto largo, melancólico y desnudo, desnudez aún más acentuada por las sencillas alineaciones de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en un banco y se le cayeron las lágrimas al ver su pobre y olvidada persona tal y como había sido. El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de ratones tras el entarimado, un goteo de la fuente semicongelada del deslucido patio trasero, un susurro entre las ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inútil balanceo de una puerta de despensa vacía, el chisporroteo del fuego, llegaron al corazón de Scrooge con su influjo enternecedor y dieron rienda suelta a sus lágrimas. El espíritu le tocó en el brazo y señaló hacia su joven persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras la ventana un hombre maravillosamente real y visible, exóticamente ataviado, con una segur en su cinturón y llevando de la brida un asno cargado de leña.
«¡Es Alí Babá!», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi querido y honrado Alí Babá! ¡Sí, sí, yo lo se! Una Navidad, cuando aquel niño solitario tuvo que quedarse aquí completamente solo, él vino, por primera vez, igual que ahora. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su hermano salvaje Orson, ahí van! ¡Y ese otro, ¿cómo se llama?, al que pusieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damasco. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del Sultán colocado por los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía; me alegro, ¿quién le mete a casarse con la princesa?!.
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se habrían llevado una sorpresa mayúscula si le hubiesen visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono de voz de lo más singular, a medio camino entre la risa y el llanto, y si hubiesen observado su rostro excitado y acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo verde y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga saliéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está! Pobre Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar alrededor de la isla. "Pobre Robin Crusoe, ¿dónde has estado Robin Crusoe?". El hombre pensó que soñaba, pero no. Era el loro, ¿verdad?. ¡Allá va Viernes, corriendo hacia la pequeña ensenada para salvarse! ¡Vámos!
¡Corre!».
Después, con una repentina transición, muy lejana a su habitual carácter, dijo compadeciéndose de su pasado:
«¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar. «Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga, «pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía haberle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ademán con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!».
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se hizo mayor y la estancia se volvió un poco más oscura y más sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; fragmentos de yeso se habían desprendido del techo dejando a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía cómo se habían producido es tos cambios; no sabía más que tú, lector. Lo único que sabía es que era cierto, así había sucedido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo, cuando todos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las festivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un dolorido movimiento de negación con la cabeza, dirigió una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta se abrió y una niñita, de edad mucho menor que el muchacho, entró como una exhalación, le echó los brazos al cuello y le besaba repetidamente llamándole «Querido, querido hermano». «¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!», decía la niña palmoteando con sus manos pequeñas y encogida por las risas. ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!
«¿A casa, mi pequeña Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niña desbordante de felicidad. «A casa, a casa para siempre. Ahora Padre está mucho más amable, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche, cuando me iba a la cama, me habló tan cariñoso que me atreví a preguntarle una vez más si tú podrías volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en un coche a buscarte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la niña, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí; estaremos juntos toda la Navidad y será lo más maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza, pero era demasiado pequeña y reía otra vez, y se puso de puntillas para abrazarle. Luego empezó a arrastrarle, con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy buen grado la acompañó. Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baúl del Sr. Scrooge, aquí!». Y en el vestíbulo apareció el director de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge con feroz con descendencia y le estrechó las manos, sumiéndole en un estado de terrible confusión. A continuación condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de visitas más estremecedora que se haya visto, donde los mapas en la pared y los globos terráqueos y celestes en las ventanas estaban cerúleos por el frío. Allí sacó una licorera de vino sospechosamente claro, y un bloque de pastel sospechosamente denso, y administró a los jóvenes «entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo, envió fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un vaso de «algo» al chico de la posta, quien respondió que daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar salía del mismo barril que ya había probado anteriormente, prefería no tomarlo. El baúl del señor Scrooge ya estaba amarrado en el carruaje; los niños se despidieron gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él y rodaron alegremente hacia la curva del parque, las veloces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de nieve las oscuras hojas perennes de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía caerse con un soplo. ¡Pero qué gran corazón tenía!», dijo el fantasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razón. No seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!».
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!».
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».
Aunque sólo hacía un momento que había dejado atrás la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa arteria de una ciudad, donde sombras de transeúntes pasaban y volvían a pasar, donde sombras de carruajes y coches luchaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tumulto y estrépito de una ciudad real. Por el adorno de las tiendas se notaba claramente que también allí era el tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y las calles ya estaban alumbradas. El fantasma se detuvo en la puerta de cierto almacén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de aprendiz aquí?».
Ante la visión de un viejo caballero con peluca galesa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido dos pulgadas más alto su cabeza habría chocado contra el techo, Scrooge exclamó con gran excitación:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mío, es Fezziwig vivo otra vez!».
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la pared, que señalaba las siete. Se frotó las manos, se ajustó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde la punta del zapato hasta el órgano de la benevolencia y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!».
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apareció con prontitud acompañado por su compañero
aprendiz.
«¡Dick Wilkins, claro está!», dijo Scrooge al fantasma. «Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señor, señor!». «¡Hala, chicos! », dijo Fezziwig, «se acab ó el trabajo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer!
¡A echar el cierre! », Exclamó Fezziwig con una sonora palmada,¡sin esperar un momento! ».
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se pusieron manos a la obra! Cargaron a la calle co n los cierres -uno, dos, tres-, los colocaron en su sitio -cuatro, cinco, seis-, echaron las barras y los pasadores -siete, ocho, nueve- y volvieron antes de poder contar doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá!», exclamó Fezziwig resbalando desde el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo, muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga Dick! ¡Muévete, Ebenexer! ».
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudiesen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó listo en un minuto. Se apartaron todos los muebles como si se desechasen de la vida pública para siempre. El suelo se barrió y fregó. Se adornaron las lámparas y se amontonó combustible junto al hogar, y el almacén se convirtió en un salón de baile tan acogedor, caliente, seco y brillante como uno desearía ver en una noche de invierno. Llegó un violinista con un libro de partituras y se encaramó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y al afinar sonaba como un dolor de estómago. Entró la señora Fezziwig, sólida y consistente, toda sonrisas. Entraron las tres señoritas Fezziwig, radiantes y adorables. Entraron los seis jóvenes pretendientes cuyos corazones ellas habían roto. Entraron todos los hombres y mujeres jóvenes empleados en el negocio. Entró la criada, con su primo el panadero. Entró la cocinera con el amigo de su hermano, el lechero. Entró el chico de enfrente, del cual se sospechaba que su patrón no le daba comida suficiente; entró disimuladamente tras la chica de la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había comprobado que su señora le daba tirones de orejas. Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente, otros descaradamente; unos con gracia, otros desmañados; unos tirando, otros empujando. De una a otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para atrás; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira en diversas figuras de afectuosa agrupación; la vieja pareja de cabeza, girando siempre hacia el lado equivocado; la nueva pareja de cabeza a empezar otra vez cuando les tocaba el tumo; todos parejas de cabeza y ninguna de cola. Cuando se vio el resultado, el viejo Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó: ¡Muy bien!, y el violinista hundió su rostro acalorado en un gran tanque de cerveza, especial para la ocasión. Sin querer más descanso, volvió a empezar al instante, aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista anterior lo hubiesen tenido que llevar a su casa agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a vencer o morir. Hubo más danzas; luego, juego de prensas y más danzas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de asado frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la velada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el violinista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la señora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a unas parejas que no se achicaban fácilmente, gentecapaz de danzar aunque no tuviesen noción de andar.
Pero aunque hubiesen sido muchas más parejas, el viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y lo mismo la señora Fezziwig. Por lo que a ella respecta, merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, digaseme otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas las fases de la danza. No se podía predecir qué harían al momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señora realizaron todas las figuras de la danza -avance y retirada, sujetando a la pareja de las manos, inclinación y reverencia; movimiento en espiral; «enhebra la aguja y vuelve a tu sitio»-, Fezziwig «cortó»; cortó tan gallardamente que pareció parpadear con las piernas en el aire antes de caer de pie sin una vacilación. Este baile doméstico se dio por terminado cuando sonaron las once. El señor y señora Fezziwig tomaron posiciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano a todos, uno por uno, a medida que salían, y al mismo tiempo les desearon Felices Navidades. Lo mismo hizo con los dos aprendices; se fueron apagando las voces alegres y los dos chicos se dirigieron a sus camas, situadas bajo un mostrador de la trastienda. Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un hombre fuera de sus cabales. Su corazón y su alma estaban pues tos en la escena con su antiguo ser. Lo corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo, y era presa de la más extraña agitación. Hasta que los iluminados rostros de Dick y su yo anterior quedaron fuera de la vista, no se había acordado del fantasma, y ahora fue consciente de que éste le miraba intensamente mientras la luz de su cabeza iluminaba con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten llenos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.
El espíritu le hizo seña de que escuchase a los dos aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas pocas libras de tu dineto mortal, tal vez tres o cuatro. ¿Merece por eso tal gratitud?».
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observación y hablando sin querer como su yo pasado y no como el actual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de hacernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facultad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan insignificantes y sutiles que resulta imposible valorarlas. La felicidad que proporciona vale más que una fortuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló.
«¿Qué sucede? », preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportunidad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora mismo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado apagaba las lámparas. Scrooge y el fantasma volvieron a quedar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espíritu. «¡Rápido!».
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero produjo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse otra vez. Ahora tenía más edad, un hombre en plenitud de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos rasgos de años posteriores, pero empezaba a mostrar signos de preocupación y avaricia. Sus ojos tenían una movilidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasión que en él se había enraizado y seguiría creciendo. No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto estaba sentada junto a él; en sus ojos había lágrimas que brillaban a la luz del fantasma de la Navidad del pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad más imparcial del mundo!», dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por que condenar con tal severidad la búsqueda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulcemente. «Todas las demás ilusiones las has sepultado con la ilusión de quedar fuera del alcance de los sórdidos reproches del mundo. He visto sucumbir, una tras otra, tusmás nobles aspiraciones hasta quedar devorado por la pasión principal, el Lucro. ¿No es cierto?».
«¿Y qué? », replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho más listo?. Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En que he cambiado?', preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuando ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta que, con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con paciente labor. Tú eres lo que ha cambiado.
Cuando nos comprometimos eras otro hombre.
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», replicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando no éramos más que un solo corazón, está abrumada por el dolor ahora que somos dos. No sabes cuán a menudo y con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo tenido que pensar para que te libere de tu compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido? ».
«Con palabras, no. Nunca».
«Entonces, ¿cómo? ».
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alterado, otra atmosfera vital, otra Ilusión como gran meta. Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tus ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo la joven mirándole dulcemente pero con fijeza, «contéstame, ¿me habrías buscado y habrías intentado conquistarme? ¡Ah, no! ».
El, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir: «No pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera», respondió, «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado una verdad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser. Pero si hoy, mañana, ayer, estuvieses libre de compromisos, ¿podría yo creerme que ibas a elegir a una chica sin dote -tú, que todo lo mides por el rasero del Lucro? O si la eligieses, traicionando tus propios principios, sé que pronto te arrepentirías y lo lamentarías. Por eso te devuelvo tu libertad. De todo corazón, por el amor de aquel que fuiste un día».
El estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió apartando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de nuestro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy corto y lo olvidarás todo, gustosamente, como si te despertases a tiempo de un sueño improductivo. ¡Que seas feliz con la vida que has elegido! ».
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver más! », dijo Scrooge. Llévame a casa. ¿Por qué te complaces torturándome? ».
«¡Sólo una imagen más! », exclamó el fantasma.
«¡Ni una más! », gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero verlo! ¡No me muestres más! »
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sus brazos y le obligó a observar lo que sucedió a continuación.
Era otra escena y otro lugar: una habitación no muy grande ni elegante, pero llena de confort. junto a la chimenea invernal se hallaba sentada una bella joven tan parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la misma hasta que la vio a ella, ahora matrona atractiva, sentada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era completo tumulto pues había más niños allí de los que Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y, al contrario que en el celebrado rebaño del poema, no se trataba de cuarenta niños comportándose como uno solo, sino que cada uno de los niños se comportaba como cuarenta. Las consecuencias eran tumultuosas hasta extremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie; por el contrario, la madre y la hija se reía con todas las ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los juegos y fue asaltada por los jóvenes bribones de la manera más despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto, no, no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel cabello trenzado ni le habría arrancado de un tirón el precioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría hecho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es tantear su cintura jugando; me habría gustado que, como castigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su cintura y nunca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá encantado tocar sus labios y haberle hecho preguntas para que los abriese; haber mirado las pestañas de sus ojos bajos sin provocar un rubor; haber soltado las ondas de su pelo y conservar un mechón como recuerdo de valor incalculable; en suma: me habría gustado, lo confieso, haberme tomado las libertades de un niño siendo un hombre capaz de conocer su valor. Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inmediatamente seguida de tales carreras que ella, con un rostro risueño y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a tiempo para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado por un hombre cargado de juguetes navideños y regalos. Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al indefenso porteador. Le escalaron con sillas, bucearon en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en papel marrón, le sujetaron por la corbata, se le colgaron del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las exclamaciones de admiración y contento que siguieron a cada apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que habían sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca una sartén de juguete, y se sospechaba con mucho fundamento que se había tragado un pavo pegado a una planchita de madera! ¡El alivio inmenso al descubrir que era una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es posible describirlos. Baste decir que, por orden de gradación, los niños y sus emociones salieron del salón y, de uno en uno, se fueron por una escalera a la parte más alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consiguiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atención que nunca, cuando el señor de la casa, con su hija cariñosamente apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su sitio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando pensó que una criatura tan grácil y llena de promesas como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?».
«No sé... ¡Ya lo sé!», añadió de un tirón, riendo sin Parar. «El señor Scrooge».
«Era el señor Scrooge. Pasé por delante de su despacho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sácame de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me eches la culpa! »
«¡Sácame!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!».
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contemplaba co n un rostro en el que, de cierto modo extraño, había fragmentos de todos los rostros que le había mostrado, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizándome!».
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no parecía afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge observó que su luz era intensa y brillante; vagamente asoció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró el gorro-apagador y, con un movimiento repentino, se le incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador le cubrió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presionaba con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía por debajo en chorro uniforme sobre el suelo. Se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; también se dio cuenta de que estaba en su propio dormitorio. Dio un último empujón al gorro y su mano se relajó; apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la cama antes de hundirse en un sueño profundo.
(Continuará....)
La estrella de Belen
jueves, 1 de enero de 2009
Cuento de Navidad VII
SEGUNDA ESTROFA
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPIRITUS
Cuando Scrooge se despertó, la oscuridad era tan intensa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar la trasparencia de la ventana de las paredes opacas de su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la oscuridad con sus ojos de gavilán, las campanas de una iglesia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció atento a la hora. Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las seis a las siete, de las siete a las ocho, y así sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuando se acostó eran mas de las dos. El reloj no funcionaba bien. Tal vez se le había incrustado un carámbano en la maquinaria. ¡Las doce! Apretó el resorte de su reloj repetidor para comprobar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeña pulsación acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scrooge. «No es posible que haya estado durmiendo un día completo hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para poder ver algo tuvo que frotar la escarcha con la maga de la bata; aún así, logró ver muy poco. Sólo consiguió comprobar que continuaba una niebla y un frío muy intensos y que no se oía ruido de actividad de gente alarmada, como se habría escuchado ineludiblemente si la Noche hubiese derrotado al claro Día, tomando posesión del mundo. Era un gran alivio porque sino hubiera días que contar lo de «a tres días de esta primera de cambio, pagaré al señor Ebenezer Scrooge o a su orden...etc.» se habría convertido en papel mojado, como los pagarés de los Estados Unidos. Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no se le ocurria ninguna explicación. Cuando más pensaba, más perplejo estaba, y cuanto más procuraba no pensar, más pensaba en ello. El fantasma de Marley le había trastornado profundamente. Cada vez que, tras madura reflexión, llegaba a la conclusión de que todo era un sueño, sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensado, volvían a la posición inicial y replanteaban el mismo problema: «¿era o no era un sueño?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las campanas dieron otros tres cuartos de hora y entonces, súbitamente, recordó que el fantasma le había anunciado una aparición cuando la campana diera la una. Decidió permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y considerando que tenía tanta posibilidad de dormirse como de ir al cielo, tal vez aquella fuese la resolución más prudente que podía haber adoptado. El cuarto de hora se le hizo tan largo que en más de una ocasión tuvo la impresión de haberse adormecido sin oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de nada! » Había hablado antes de que sonase la campana de las horas, que lo hizo a continuación con una profunda, triste, cavernosa y melancólica U N A . Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los cortinajes de su cama. Las cortinas de la cama fueron descorridas -lo aseguro- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó precipitadamente y, en postura semi-recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los miembros superiores, estaban desnudos y maravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculadamente blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con her moso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo y, en extraña contradicción con tal infernal emblema, su ropaje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más sorprendente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la coronilla y hacía visibles todas estas cosas. También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda utilizaría en los momentos de apagamiento. Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scrooge le miró con creciente atención vio que el cinturón destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: aho ra era una cosa con un brazo, ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las partes que se disolvían estaban fundidas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar. Y lo maravilloso es que reaparecía nuevamente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no habría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo especial de ver al espíritu con el gorro puesto y le rogó que se cubriera. «¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta las cejas durante años y años?».
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier intención de ofender y todo conocimiento de haber «encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida. Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pensar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
(Continuará...)
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPIRITUS
Cuando Scrooge se despertó, la oscuridad era tan intensa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar la trasparencia de la ventana de las paredes opacas de su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la oscuridad con sus ojos de gavilán, las campanas de una iglesia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció atento a la hora. Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las seis a las siete, de las siete a las ocho, y así sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuando se acostó eran mas de las dos. El reloj no funcionaba bien. Tal vez se le había incrustado un carámbano en la maquinaria. ¡Las doce! Apretó el resorte de su reloj repetidor para comprobar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeña pulsación acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scrooge. «No es posible que haya estado durmiendo un día completo hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para poder ver algo tuvo que frotar la escarcha con la maga de la bata; aún así, logró ver muy poco. Sólo consiguió comprobar que continuaba una niebla y un frío muy intensos y que no se oía ruido de actividad de gente alarmada, como se habría escuchado ineludiblemente si la Noche hubiese derrotado al claro Día, tomando posesión del mundo. Era un gran alivio porque sino hubiera días que contar lo de «a tres días de esta primera de cambio, pagaré al señor Ebenezer Scrooge o a su orden...etc.» se habría convertido en papel mojado, como los pagarés de los Estados Unidos. Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no se le ocurria ninguna explicación. Cuando más pensaba, más perplejo estaba, y cuanto más procuraba no pensar, más pensaba en ello. El fantasma de Marley le había trastornado profundamente. Cada vez que, tras madura reflexión, llegaba a la conclusión de que todo era un sueño, sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensado, volvían a la posición inicial y replanteaban el mismo problema: «¿era o no era un sueño?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las campanas dieron otros tres cuartos de hora y entonces, súbitamente, recordó que el fantasma le había anunciado una aparición cuando la campana diera la una. Decidió permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y considerando que tenía tanta posibilidad de dormirse como de ir al cielo, tal vez aquella fuese la resolución más prudente que podía haber adoptado. El cuarto de hora se le hizo tan largo que en más de una ocasión tuvo la impresión de haberse adormecido sin oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de nada! » Había hablado antes de que sonase la campana de las horas, que lo hizo a continuación con una profunda, triste, cavernosa y melancólica U N A . Al instante, la habitación quedó inundada de luz y se corrieron los cortinajes de su cama. Las cortinas de la cama fueron descorridas -lo aseguro- por una mano. No las coronas de la cabecera ni de los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cortinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorporó precipitadamente y, en postura semi-recostada, se encontró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo estoy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extraño personaje, como un niño, y sin embargo parecía un anciano visto a través de una cierta áurea sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retrocediendo del campo visual hasta quedar reducido a las proporciones de un niño. El cabello le caía hasta los hombros y era blanco; como el de un anciano, sin embargo, no había arrugas en su rostro sino la más aterciopelada lozanía. Tenía unos brazos muy largos y musculosos, igual que las manos, dando una impresión de fuerza excepcional. Sus piernas y pies, al igual que los miembros superiores, estaban desnudos y maravillosamente conformados. Vestía una túnica inmaculadamente blanca y ceñía su cintura un lustroso cinturón con her moso brillo. En la mano llevaba una rama verde de acebo y, en extraña contradicción con tal infernal emblema, su ropaje estaba salpicado de flores estivales. Pero lo más sorprendente era el chorro de luz fulgente que le brotaba de la coronilla y hacía visibles todas estas cosas. También tenía un gorro con forma de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo, pero sin duda utilizaría en los momentos de apagamiento. Con todo, no era esto lo más extraordinario. Cuando Scrooge le miró con creciente atención vio que el cinturón destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y donde en un instante había luz, en otro momento estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia imagen del personaje: aho ra era una cosa con un brazo, ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un par de piernas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las partes que se disolvían estaban fundidas con las densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía vislumbrar. Y lo maravilloso es que reaparecía nuevamente con más claridad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señor, el espíritu cuya llegada se me anunció?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras observaba su estatura minúscula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no habría sabido explicar la razón, pero sentía un deseo especial de ver al espíritu con el gorro puesto y le rogó que se cubriera. «¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apagar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta las cejas durante años y años?».
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier intención de ofender y todo conocimiento de haber «encapotado» voluntariamente al espíritu en ningún momento de su vida. Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le habían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar de pensar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresaltos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque dijo de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le agarró por brazo con suavidad.
«¡Levántate y ven conmigo!»
(Continuará...)
Feliz Año Nuevo
Te deseo un mágico y maravilloso Año Nuevo repleto de todo lo mejor , en el que tus sueños se vayan haciendo realidad . No pierdas nunca la magia en tu vida , la alegría, la amistad , el amor, la armonía , la paz, el espíritu de superación , la ganas de aprender algo nuevo ... Pon todo esto en el coctel de la vida , del amor y haz que en el 2009 seas tú el protagonista de sus días. Salud y amor ... en todas las extensiones de la palabra. ¡Feliz Año Nuevo! Happy New Year, Id´Múlad said aus sana saida, Bonne Année ...
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Cuento de Navidad VI
«Tú no crees en mí», observó el fantasma.
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, además de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de patata medio cruda. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!».
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía hasta la médula de los huesos. Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seguía sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos inmóviles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su cabello, faldones y borlas seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y deseando apartar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragármelo y el resto de mis días me veré perseguido por una legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue todavía mayor cuan do al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le sofocara el calor, ¡se le desmoronó la mandíbula inferior sobre el pecho! Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espíritus deambulan por la tierra y por qué tienen que aparecerse a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte. Quedará sentenciado a vagar por el mundo -¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede participar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar felicidad. El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos espectrales.
«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fantasma. «Yo la hice, eslabón a eslabón, yarda a yarda; por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?» Scrooge cada vez temblaba más.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras?
Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más. ¡Tienes una cadena impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas de cadenas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuéntame más. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en ninguna parte, no puedo demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría -¡óyeme bien!-, en vida mi espíritu jamás se aventuró más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras! »
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la costumbre de meter las manos en los bolsillos de los pantalones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del fantasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob, comentó Scrooge con tono de negociante profesional, aunque con humildad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en siete años», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubiera denunciado por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma, «¡sin saber que son necesarios años y años de incesante labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eternidad después de haber hecho en ella todo el bien que sea posible. Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando caritativamente en su pequeña esfera, sea la que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio.
Sin saber que ninguna clase de arrepentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo! ¡Ay, eso me sucedió!»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob, balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a aplicarse el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con violencia contra el suelo.
«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos hacia esa bendita Estrella que guió a los Santos Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a temblar como una hoja.
«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible, durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo te he conseguido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que mencionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es».
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero vendrá mañana, cuando las campanas den la una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la vibración de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pañuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y se encontró con el visitante sobrenatural encarándole en actitud erguida, con la cadena enroscada al brazo. La aparición se alejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar; quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche. Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó. Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos. Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa. Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin desvestirse, y se quedó dormido al instante.
(Continuará....)
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostración quieres de mi existencia, además de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de patata medio cruda. ¡Hay en ti más salsa de carne que carne de tumba, seas quien seas!».
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad es que intentaba estar ingenioso para distraerse y dominar el terror que le invadía; la voz del espectro le removía hasta la médula de los huesos. Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seguía sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos ojos inmóviles, vítreos. También había algo muy espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro. Scrooge no podía verlo, pero se notaba claramente, pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta inmovilidad, su cabello, faldones y borlas seguían agitándose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volviendo con rapidez a la carga por el motivo ya señalado y deseando apartar de sí, aunque fuera tan sólo un segundo, la petrificada mirada de la aparición.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo estás mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Sólo tengo que tragármelo y el resto de mis días me veré perseguido por una legión de diablos, todos de mi propia creación. ¡Tonterías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lúgubre y aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos del sillón para no caer desvanecido. Pero el espanto fue todavía mayor cuan do al quitar el fantasma la venda que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le sofocara el calor, ¡se le desmoronó la mandíbula inferior sobre el pecho! Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó. «Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los espíritus deambulan por la tierra y por qué tienen que aparecerse a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres humanos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacerlo tras la muerte. Quedará sentenciado a vagar por el mundo -¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las que ahora no puede participar, aunque en vida debió haberlo hecho para procurar felicidad. El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la cadena y se retorció con desesperación sus manos espectrales.
«Estás encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuéntame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el fantasma. «Yo la hice, eslabón a eslabón, yarda a yarda; por mi propia voluntad me la ceñí y por mi propia voluntad la llevo. ¿Te resulta extraño el modelo?» Scrooge cada vez temblaba más.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras?
Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aún más. ¡Tienes una cadena impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si esperase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas de cadenas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuéntame más. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros ministros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampoco puedo decirte todo lo que quisiera; sólo un poquito más me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo quedarme en ninguna parte, no puedo demorarme. Mi espíritu nunca salió de nuestra contaduría -¡óyeme bien!-, en vida mi espíritu jamás se aventuró más allá de los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambistas. ¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras! »
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la costumbre de meter las manos en los bolsillos de los pantalones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del fantasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob, comentó Scrooge con tono de negociante profesional, aunque con humildad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete años muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando todo el tiempo?
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos en siete años», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal estrépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la razón si le hubiera denunciado por escándalo público.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma, «¡sin saber que son necesarios años y años de incesante labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre en la eternidad después de haber hecho en ella todo el bien que sea posible. Sin saber que todo espíritu cristiano, actuando caritativamente en su pequeña esfera, sea la que sea, se encontrará con que su vida mortal es demasiado breve para sus grandes posibilidades de servicio.
Sin saber que ninguna clase de arrepentimiento podrá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui yo! ¡Ay, eso me sucedió!»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios, Jacob, balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a aplicarse el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra vez las manos. «El género humano era asunto mío. El bienestar general era negocio mío; la caridad, compasión, paciencia y benevolencia eran todas de mi incumbencia. Mis relaciones comerciales no eran más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con violencia contra el suelo.
«En esta época del año es cuando sufro más», dijo el espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis ojos hacia esa bendita Estrella que guió a los Santos Reyes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran hogares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos, Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a temblar como una hoja.
«¡Escúchame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte cómo me aparezco ante ti de manera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible, durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estremeció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosiguió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte que aún te queda una oportunidad para escapar a un destino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que yo te he conseguido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gracias!
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desencajado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que mencionaste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es».
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo Scrooge.
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero vendrá mañana, cuando las campanas den la una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la vibración de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió el pañuelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo que así lo había hecho por el sonido de los dientes al chocar cuando el vendaje volvió a juntar las mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y se encontró con el visitante sobrenatural encarándole en actitud erguida, con la cadena enroscada al brazo. La aparición se alejó retrocediendo y a cada paso que daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de manera que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le hizo señas a Scrooge para que se aproximase y éste así lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fantasma de Marley levantó la mano para advertirle que no siguiera acercándose. Scrooge se detuvo. Se detuvo más por miedo y sorpresa que por obediencia: nada más levantar la mano comenzaron a oírse extraños ruidos; sonidos incoherentes de lamentación y pesar; quejidos de indecible arrepentimiento y compunción. El espectro, tras escuchar por un momento, se unió al macabro gorigori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche. Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada curiosidad. Se asomó. Por el aire se movían sin descanso, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que gemían al pasar. Todos llevaban cadenas como las del fantasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpables) iban encadenados en grupo; ninguno estaba libre de cadenas. Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos. Había tenido bastante relación con un viejo fantasma que llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de caudales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le era imposible auxiliar a una desdichada mujer con un hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el quicio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para bien, en situaciones humanas, pero habían perdido para siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se disolvieron en la niebla o si la niebla les ocultó, pero ellos y sus voces espectrales desaparecieron a la vez. La noche volvió a ser como cuando él llegó a su casa. Cerró la ventana y examinó la puerta que había cruzado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había echado con sus propias manos y los cerrojos estaban intactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emociones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo Invisible, la sombría conversación con el fantasma o lo tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin desvestirse, y se quedó dormido al instante.
(Continuará....)
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